Campeones sin runrún: ¿tomarán nota las autoridades para 2030?
Hace tres años y medio aterrizaba en Buenos Aires, unos pocos días después de que la Albiceleste ganara el Mundial de fútbol. Me ilusionaba ver la Avenida 9 de Julio aún cubierta de destellos de confeti plateado y azul, de resacosos vasos de plástico con olor a fernet-cola entremezclados con largas serpentinas, con vestigios de la enorme celebración.
A mi expectación y curiosidad las fue reemplazando, poco a poco, una desidiosa pereza: pasaban los días y no podía comer en ningún sitio donde el ruido de fondo no fuera el de los goles repetidos en bucle en los televisores. En los medios, el fútbol era el único tema, y conversar con extraños parecía posible solo si el diálogo giraba en torno a Messi.
Todo acabó resultando un tanto abrumador, un poco el día de la marmota. Me hizo imaginar cómo habría sido la experiencia en el poco probable caso de que hubiera ganado Inglaterra, la selección de mi país de origen, y yo me encontrara en un pub de Londres.
Una inglesa en Madrid reflexiona sobre cómo han festejado la victoria los ciudadanos
Creo que, sin duda, habría sido mucho peor: solo hay que ver los titulares xenófobos de algunos tabloides, o las escenas de destrucción, violencia y caos que se dejan ver en sitios como Magaluf o Salou las pocas veces que los tres leones ganan algo. Esto, la verdad, me llena de vergüenza ajena. Ya lo decía un ex mío: «Algunos ingleses utilizáis el fútbol para poder beber, y parece que bebéis para poder pelear». Y en esto, solo en esto, debo darle la razón.
Por eso, cuando hace unas semanas me preguntaban quién quería que ganara el Mundial, por supuesto respondía que España. Y así era, solo que en secreto. Lo que en verdad ocultaba era mi deseo de que no ganara Inglaterra ni Argentina. Lo siento: soy una sosa y me gustan mucho la paz y la tranquilidad.
Un par de semanas después de la victoria de La Roja, mi convicción se ha visto reforzada. Percibo en la calle un optimismo silencioso, prudente; la reconfortante y alegre sensación de que el trabajo bien hecho ha dado sus frutos. No veo, en cambio, un excesivo runrún mediático sobre lo maravillosos que somos y lo tremebundos que son los rivales. Un poco sí: el justo.
Me pregunto, eso sí, si las instituciones sabrán reflejar ese mismo temperamento cuando toque negociar y organizar el Mundial que viene. No nos faltan ejemplos de gobiernos autonómicos y del central aprovechando cualquier ocasión para tirarse los trastos a la cabeza. Ojalá esta modesta forma de festejar nos dure todo lo posible.
Por eso, el otro día no pude evitar sentirme un tanto protectora de la victoria de España, y de su celebración, cuando en mi feed apareció una persona protestando porque, según ella, se había aprovechado el triunfo de España para arremeter contra los ciudadanos argentinos, politizar el fútbol y criticar al país. Esa no ha sido mi experiencia. Y todavía más sorprendida me quedé al ver que esa misma persona llevaba una camiseta con la consigna «Las Malvinas son argentinas».
SAN SEBASTIÁN, 19/07/2026.- Aficionados de la selección española junto al estadio de Anoeta de San Sebastián, donde se ha instalado una pantalla gigante para seguir el encuentro de la final del Mundial 2026 que disputan este domingo España y Argentina en el MetLife de Nueva Jersey. EFE / Javier EtxezarretaJavier Etxezarreta / EFE
Más que el contenido del reel, capturó mi atención la disonancia que provoca quejarse de que se polemice y se politice mientras se politiza y se polemiza hablando de fútbol. Que no se me malinterprete: a mí, como a ella, no se me ha perdido nada en las Malvinas. Que decidan ellos lo que quieran.
No soy tan ingenua como para esperar que del fútbol no se saque rédito político. Está bien: a nadie le amarga una buena photo-opp con los campeones. Lo que sí sería útil es saber trasladar el espíritu de la celebración en la calle a las decisiones que se tomen de aquí a 2030, cuando España sea anfitriona junto a Portugal y Marruecos.
Prueba de esa ejemplaridad la viví el día después de la final. Salí a primera hora a correr por Madrid Río, como hago a menudo, esta vez con cierta inquietud por lo que pudiera encontrarme. Me sorprendió gratamente ver, a un lado del río, a unos chavales con la camiseta de Argentina charlando tranquilamente mientras, al otro lado, unos jóvenes con la bandera de España seguían de botellón cantando flamenquito. Nada de peleas ni de exaltaciones. Disonancia frente a consonancia.
«Esta es la ciudad y este es el país donde quiero vivir», pensé. Sé que las comparaciones son odiosas y que a las redes las carga el diablo, pero no puedo dejar de sentirme afortunada; no tanto por la victoria de España (que también) como por la manera en que se sigue celebrando. Eso, en sí mismo, es un magnífico resultado. Instituciones, por favor: tomen nota, y háganlo durar hasta 2030.