Economía & Cultura | Salmona y el derecho al tiempo
Noticia
La obra de Rogelio Salmona invita a caminar, permanecer y descubrir cómo el tiempo transforma la arquitectura y la ciudad.
Las Torres del parque fueron diseñadas por el arquitecto Rogelio Salmona entre 1965 y 1970. Foto: CEET
18.09.2026 13:58 Actualizado: 18.09.2026 13:58
Hay arquitecturas que se comprenden de inmediato y otras que necesitan que uno permanezca. La arquitectura de Rogelio Salmona pertenece a estas últimas. Hay que caminarla para descubrir cómo entra la luz, cómo aparece el agua, cómo cambia una sombra sobre el ladrillo, cómo un recorrido conduce hacia un lugar que no estaba a la vista cuando llegamos. Algo sucede mientras caminamos: el edificio deja de ser objeto y comienza a convertirse en experiencia.
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Quizás allí esté una de las claves para pensar a Salmona hoy. En una época que ha hecho de la velocidad una forma de vida, su arquitectura nos recuerda que hay cosas que no pueden suceder inmediatamente. Mirar necesita tiempo. Dibujar necesita tiempo. Diseñar necesita tiempo. Y una ciudad necesita tiempo para convertirse en lugar.
Lo pienso especialmente cuando vuelvo a sus dibujos. Antes de que aparezca el edificio está la línea. Una línea que puede detenerse, regresar, equivocarse, insistir. En el dibujo todavía nada está decidido del todo. El arquitecto prueba relaciones, modifica proporciones, imagina recorridos, deja entrar el paisaje. Dibujar es concederle tiempo a una idea para que encuentre su forma.
Esa relación entre dibujo, memoria y proyecto encuentra un fundamento importante en la investigación de Mauricio Salazar sobre el Centro Cultural Jorge Eliécer Gaitán. Salazar estudia la composición de Salmona desde el “rito de la memoria” y muestra cómo los lugares, las experiencias y las imágenes que el arquitecto lleva consigo participan en la construcción del proyecto. La memoria no aparece como algo que simplemente se conserva: vuelve a entrar en la arquitectura transformada.
Antes de ser edificios, los proyectos fueron exploraciones de espacio, recorrido, memoria y paisaje. Foto:Archivo EL TIEMPO
Esta idea me interesa porque dibujar también es recordar. No necesariamente recordar un edificio completo, sino una proporción, una atmósfera, una sombra, una manera de caminar, una relación entre el agua y la piedra, entre un muro y un árbol. El arquitecto guarda esas experiencias y, cuando proyecta, las vuelve a poner en relación.
Cristina Albornoz Rugeles ha mostrado, al estudiar la formación de Salmona, la importancia de viajar, conversar, aprender, documentar y enseñar. Su relación con Pierre Francastel fue decisiva para comprender la historia no como un repertorio de estilos, sino como una forma de leer las construcciones dentro de una cultura y de un tiempo.
Quizás por eso Salmona nunca fue un arquitecto de la repetición. Miró hacia atrás para poder proyectar hacia adelante.
Y cuando esa arquitectura llega a la ciudad, ocurre algo todavía más interesante. Tatiana Urrea, al estudiar las Torres del Parque, muestra cómo la obra desborda la condición de vivienda y se relaciona con ideas de apertura, democracia, transparencia y responsabilidad frente a lo colectivo. La arquitectura produce recorridos y encuentros; la calle encuentra continuidad en el conjunto; el habitante deja de ser solamente quien ocupa un apartamento para convertirse en peatón, vecino, ciudadano.
Ahí entiendo el espacio público de Salmona de una manera muy sencilla: es un lugar donde el tiempo puede ocurrir entre nosotros.
El ladrillo, agua, luz y vegetación hacen parte de una experiencia que cambia con el tiempo. Foto:Carlos Julio Martínez
Una plaza necesita que alguien pueda quedarse. Un recorrido necesita que alguien pueda caminarlo. Un jardín necesita tiempo para crecer. Un muro necesita luz para cambiar. Una ciudad necesita memoria para reconocerse.
Silvia Arango ha insistido en que la obra de Salmona debe leerse dentro de la historia, la política, la cultura y las transformaciones de la ciudad latinoamericana. Su relación entre sitio y lugar ayuda a comprender que el territorio se vuelve habitable cuando la arquitectura consigue cargarlo de experiencia y significado. En Salmona, el recorrido, el agua, la luz y la vegetación son parte de esa construcción.
Por eso el tiempo está en sus edificios de una manera que no siempre vemos.
Está en la luz que cambia sobre el ladrillo. En el árbol que ha crecido junto a una fachada. En el agua que refleja un cielo diferente cada hora. En quien vuelve después de veinte años y reconoce un lugar que, sin embargo, ya no es exactamente el mismo.
En Salmona, el tiempo no es solamente aquello que transcurre sobre la arquitectura. Es una materia invisible de la arquitectura.
Peter Zumthor habló de la atmósfera como aquello que percibimos corporalmente antes incluso de poder explicarlo: la materia, la luz, el sonido, la temperatura, la escala, la proximidad. Esa idea permite acercarnos a Salmona desde una dimensión sensible: sus espacios no solamente se miran; afectan el cuerpo.
La obra de Rogelio Salmona articula vivienda, recorridos, espacios abiertos y la ciudad. Foto:Cortesía
Y quizá allí encontremos una respuesta a una pregunta de nuestro tiempo. ¿Qué sucede cuando la ciudad no permite demorarnos?
La velocidad transforma también la experiencia urbana. Todo parece diseñado para llegar, consumir, atravesar y continuar. Incluso la arquitectura corre el riesgo de convertirse en una imagen que se mira durante unos segundos antes de pasar a la siguiente.
Salmona propone otra cosa. Propone permanecer. No como nostalgia de un pasado más lento, sino como una forma de resistencia a la reducción de la experiencia. Una arquitectura que permite caminar sin prisa, sentarse, mirar cómo cambia la luz, encontrarse con otro y descubrir un espacio poco a poco está haciendo algo más que resolver un programa. Está defendiendo una forma de vida.
Por eso me interesa hablar de un derecho al tiempo.
No solamente del tiempo que cada uno posee, sino del tiempo que la ciudad nos permite vivir. El derecho a recorrerla sin que todo sea tránsito. A permanecer sin tener que consumir. A mirar sin producir inmediatamente una imagen. A encontrarse. A recordar.
Ese derecho también comienza en el dibujo. Porque dibujar es una manera de resistir la respuesta inmediata. Antes de construir hay que mirar; antes de mirar hay que detenerse. El proyecto necesita ese intervalo en el que todavía es posible cambiar de idea.
Salmona comprendió que la arquitectura no termina cuando se inaugura. Allí comienza otra parte de su vida: cuando la luz la modifica, cuando la vegetación crece, cuando los cuerpos la recorren y cuando una comunidad empieza a incorporarla a su memoria.
Por eso su obra sigue siendo actual.
No porque pertenezca al pasado y debamos conservarla como una reliquia, sino porque todavía puede enseñarnos algo que estamos olvidando: una ciudad también se diseña con tiempo.
Y quizá esa sea una de las preguntas más urgentes que podamos llevar al Centenario de Rogelio Salmona: no solamente qué edificios queremos construir, sino qué tiempo queremos que nuestra arquitectura le conceda a la vida.
Lucrecia Piedrahita (*) Arquitecta. Curadora de Arte
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