El gimnasio triste contra la alegría del cuerpo

Hércules en la encrucijada, de Annibale Carracci.
Y he aquí que llegó el día en que el cuerpo, entre la desaparición del bocadillo de media mañana y el advenimiento de esos varones que hablan de testosterona como si hubieran descubierto los manuscritos de la perdida Lemuria en el váter de un gimnasio de cadena low cost, dejó de ser una desgracia privada, un juguete torpe, esa cosa ridícula que nos permitía fornicar con más entusiasmo que técnica, para empezar a comportarse como la sucursal con abdominales de una consultora maligna. Optimizamos la ventana metabólica en lugar de desayunar después de entrenar, monitorizamos las fases del sueño con una app que en un futuro no muy lejano será un testigo en contra en una póliza de seguro de vida y salimos a caminar ya no porque necesitemos airearnos después de haber leído demasiadas opiniones de überdivorciados en redes sociales y comentarios de un magacín cultural, sino porque debemos cerrar anillos y sumar pasos y registrar pulsaciones y entregar a una computadora de pulsera fabricada por niños asiáticos el informe penitenciario de nuestra propia carne.
Algo de tanatorio con música electrónica baja tiene el típico gimnasio comercial. Cuerpos dóciles, auriculares, bidones enormes, camisetas de tejido técnico y esa tristeza pulcra de quien se flagela con proteína sabor galleta para alcanzar una versión mejorada de sí mismo que cuando llegue seguramente también estará agotada, sola y mirando el móvil entre series en una máquina de poleas de todo punto inútil para cualquier resultado funcional.
Basta con que el cuerpo pueda ser leído por los demás para que empiece a volverse un expediente público. La barriga, el cansancio, la ansiedad, la papada, el culo flojo, la piel que cae con la melancolía de una cortina vieja, todo parece hablar de nosotres incluso antes de que abramos la boca, como si bajo la camiseta lleváramos grapado un informe donde se mezclan sueño, renta, deseo, fracaso y los daños acumulados de vivir en una época que primero te exprime y luego te vende un plan de entrenamiento para que parezca que la culpa era tuya. A ese idioma, claro, se han apuntado demasiados emprendedores del yo, demasiados profetas de mandíbula inquieta e inquietante, demasiados vendedores de una salvación muscular que huele a ansiedad y semen retenido. Que el chaval que encuentra un ejercicio que le gusta, que le permite estar en forma, moverse mejor y llegar al futuro con un cuerpo menos roto haya encontrado una movida sensata y hermosa no debería discutirlo nadie. Otra cosa es que esa relación razonable con el cuerpo caiga en manos de los predicadores del rendimiento y acabe convertida en disciplina, comida pesada al gramo, entrenamientos vividos como castigo y un podcast de un señor que pronuncia «alto valor» con la gravedad de un proxeneta dopado. Es ahí donde el ocio se pudre, la salud se vuelve contabilidad moral y el cuerpo, que solo pedía uso, entrenamiento, placer y algo de continuidad, acaba fichando en la empresa miserable del yo. El ejercicio físico, pobre criatura secuestrada por los fanáticos de la mejora personal, no tiene la culpa de haber acabado rodeado de imbéciles. Moverse está bien. Correr, nadar, levantar hierros, jugar con una pelota, boxear contra alguien que no representa a nadie aunque todes sepamos que representa a varias personas, caminar por puro gusto, bailar bien o mal, perrear con el coño hasta el suelo, sudar porque el cuerpo también necesita una forma decente de alegría animal, todo eso ensancha un poco la vida y la torna menos inhabitable. Que una actividad nos devuelva cierta confianza física y nos permita subir un tremendo desnivel sin ir de la manita de la muerte, dormir mejor, follar con furia sin miedo al colapso cardiorrespiratorio o desplegar una serie de habilidades que nos resultarán muy útiles para proteger a nuestra gata de los monstruos cuando llegue algún apocalipsis es una victoria. El percal se tuerce cuando ese placer elemental se pudre bajo el vocabulario del rendimiento, en esa zona turbia donde crece el pequeño fascismo doméstico del autocontrol con su culto a la dureza, desprecio por la fragilidad, fantasía de purificación y odio a los cuerpos que envejecen, descansan, engordan, enferman o se niegan a encajar. La trampa muerde con saña entre quienes han recibido menos futuro del que prometían los anuncios. Con el ascensor social averiado y el trabajo humillante sin dar ya ni para pagar el alquiler de un zulo el cuerpo aparece como último territorio gobernable, como parcela mínima donde todavía se puede fingir soberanía. El salario no se mueve y la angustia crece, pero pesan el arroz, cumplen el ayuno, meten sus series de pechito, se entregan a la ducha fría, y vierten los gramos exactos de creatina en el vaso con la solemnidad ridícula de una hostia química.
Esta mandanga engancha porque en medio de una intemperie organizada ofrece orden al transformar la humillación social en disciplina privada. Te susurra que todo depende de ti con la dulzura de quien está a punto de venderte una soga y llamarla herramienta de escalada. Ya de paso, permite mirar al que cae con superioridad y asco. El gordo pierde su metabolismo, su historia, su depresión, su turno partido, su infancia torcida o su apeteito aprendido en casas donde el amor venía frito y todo queda reducido a falta de voluntad. El pobre, atrapado en una maquinaria antigua y feroz, recibe consejos de madrugar más. El deprimido, rodeado de estímulos, deuda, ruido y una incertidumbre que le come desde dentro, acaba escuchando que necesita respiración nasal, magnesio y dejar el móvil una hora antes de dormir. El invento alcanza su forma más brillante cuando consigue convertir estructuras sistémicas en defectos personales y luego cobra por corregirlos.
En verdad os digo que la obscenidad ha sido conseguir que incluso la relación con nuestra propia finitud parezca una negligencia personal pues envejecer mal empieza a ser visto como una falta de carácter. Dormir poco, ganar barriga, romperse una rodilla, cansarse antes que hace diez años, aceptar que la piel tiene memoria y que las articulaciones guardan rencores de noble antiguo, todo eso comparece ante el tribunal de la época como si el deterioro no formase parte de la vida. El cuerpo no mejora cuando se le trata como a un enemigo infiltrado. Puede fortalecerse, sí, y agradece que lo saquen a devorar kilómetros, que lo cansen con cierta inteligencia, que lo alimenten sin convertir cada comida en un interrogatorio policial, que le permitan jugar, subir cerros, danzar con torpeza, levantar peso, correr detrás de una pelota con la dignidad perdida y la felicidad intacta. Puede incluso volverse más nuestro cuando deja de ser un proyecto y recupera algo mucho más modesto, más raro en estos tiempos de imbéciles radiantes, algo casi indecente ya como es el uso y disfrute.
El gimnasio triste seguirá ahí con sus pantallas y sus poleas y sus apóstoles con tatuajes de espartanos, fabricando creyentes que confunden la paz con el porcentaje de grasa y la virtud con levantarse de madrugada para sufrir antes que los demás. Aun así, bajo toda esa chorrada queda una posibilidad menos vistosa y mucho más humana, la de reconciliarse con esa bestia limitada que nos sostiene mientras puede, cuidarla sin convertirla en empresa, exigirle sin humillarla, dejarla disfrutar sin pedirle resultados trimestrales. El día en que ningún reloj inteligente pueda ya negociar con la muerte sería una pena presentarse a esa cita con todos los anillos cerrados y la vida sin abrir.