El lado invisible del posparto: la deuda de América Latina con la salud mental materna

Advertencia: esta historia incluye referencias a ideas suicidas.
Daniela Piñate pasa parte de sus días escuchando a mujeres que viven cambios emocionales difíciles durante el embarazo o después del parto. Muchas le hablan de culpa, tristeza, ansiedad o miedo, aunque hay quienes apenas alcanzan a identificar que algo cambió en ellas y no saben cómo explicarlo. Desde México, las acompaña a través de su proyecto Madre Terapia, les comparte información y cuando necesitan atención especializada las conecta con profesionales de psicología o psiquiatría.
Hace ocho años ella estaba del otro lado. Originaria de Venezuela, en ese entonces vivía en Ecuador y acababa de tener a su primera hija. “Era una bebé muy deseada y tuve un embarazo de ensueño”, cuenta Daniela en entrevista con WIRED en Español. Nunca antes había atravesado un problema de salud mental, pero después del parto comenzó a dormir menos y a notar que no se sentía como antes y dejó de tener la alegría y risa que la caracterizaba. La maternidad que estaba viviendo se parecía muy poco a la que había imaginado.
“Fui convirtiéndome en un zombie”, dice. A pesar de eso, seguía cuidando a su hija: la alimentaba, la cambiaba y la dormía. Veía a su esposo y a su hermana relacionarse con la bebé con una ternura que ella esperaba sentir. “No haber podido sentir eso, para mí, era exageradamente duro”.
Días después, por una complicación de salud, su hija tuvo que ingresar a cuidados intensivos. Allí, un neonatólogo se percató de que Daniela seguía las indicaciones casi en automático y apenas reaccionaba. “No lloraba, no me salían las lágrimas", recuerda. "Estaba como sobreviviendo”. El médico le habló sobre la posibilidad de que estuviera viviendo depresión posparto.
Una noche, cuando la bebé seguía internada, Daniela había tenido que volver a casa y se despertó con una idea que no podía quitarse de la cabeza: sentía que su hija y su esposo estarían mejor sin ella. Durante esa crisis tuvo un intento de suicidio. Se lo contó a su pareja y juntos buscaron ayuda. Recibió atención psiquiátrica, fue hospitalizada y comenzó tratamiento.
“Las mujeres tenemos tres etapas en la vida en las que hay un mayor riesgo de desarrollar un trastorno mental [...], una de ellas es el embarazo y el posparto”, explica Laura Jiménez Aquino, médica especializada en psiquiatría perinatal, área de la salud que abarca el bienestar emocional y psicológico de la madre desde la gestación.
Los problemas de salud mental perinatal pueden aparecer durante el embarazo o después del parto, y no siempre son fáciles de reconocer.
Dacharlie
La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que una de cada cinco mujeres presenta alguna condición de salud mental durante el embarazo o en el primer año después del parto. Sin embargo, todavía es difícil saber con precisión cuántas mujeres atraviesan estos problemas debido a la dificultades para diagnosticarlos.
Jiménez Aquino calcula que en México tres de cada 10 mujeres desarrollan un trastorno mental perinatal y señala que el 75% no recibe diagnóstico ni tratamiento. No existe una medición nacional y las cifras disponibles provienen de estudios realizados en hospitales y grupos específicos. Aunque la depresión es de lo que más se habla, la especialista señala que la ansiedad es incluso más frecuente y suele normalizarse.
Reconocer lo que ocurre no es sencillo. Los síntomas pueden llegar a confundirse con los cambios hormonales que acompañan esta etapa. A esto se le suma una expectativa social: una mujer que acaba de convertirse en madre debería estar feliz y agradecida. Cuando lo que siente se aleja de esa imagen, muchas veces encuentra una respuesta: “Así es ser mamá”.
“A todas les pasa”
Jennifer (nombre ficticio para proteger su identidad), de 33 años, vive en Ciudad de México y trabajó como entrenadora en un gimnasio hasta tres días antes del nacimiento de su hijo. “Mi embarazo fue muy bonito”, cuenta. Después del parto, el cambio de ritmo fue abrupto. Dormía muy poco y tuvo que dejar de trabajar. Con el paso de los días, comenzó a tener crisis de ansiedad y ataques de pánico.
“Cada vez que le daba pecho a mi bebé sentía mucha tristeza o lloraba”, menciona. Su asesora de lactancia le mencionó la posibilidad de tener Reflejo de Eyección de Leche Disfórico, conocido como D-MER, una reacción que algunas mujeres experimentan al amamantar y que puede provocar malestar emocional de forma repentina.
El ginecólogo, la pediatra y su médico familiar le hablaron de causas hormonales o de una posible depresión posparto, pero, hasta el momento, Jennifer no ha recibido ningún diagnóstico y se quedó con la sensación de no saber qué le está pasando. La culpa también apareció. Ella recuerda que pensaba “pero si yo amo a mi bebé, ¿por qué me siento así?”.
Cuando intentó contarle a su familia cómo se sentía comenzó a recibir comentarios del tipo “así les pasa a todas y se tienen que aguantar”, o “¿por qué te pones triste si lo tienes todo?”. En cambio, las amigas de su edad la escucharon y le dijeron que cuando ellas vivieron situaciones parecidas les hubiera gustado que alguien las acompañara sin juzgar.
El trastorno de estrés traumático posparto puede permanecer oculto detrás de síntomas atribuidos a la depresión, mientras las madres enfrentan ansiedad, pesadillas y recuerdos intrusivos sin atención especializada.
Alejandra Buggs Lomelí, psicoterapeuta y fundadora del Centro de Salud Mental y Género, explica que los mandatos de género, es decir, las expectativas sociales sobre cómo deberían comportarse mujeres y hombres, tienen un peso muy importante en la forma en que se vive la maternidad:
"Cuando sentimos que no estamos ejerciendo esa maternidad de manera lo suficientemente eficiente, nos volvemos nuestras peores juezas”, añade.
Esa exigencia parte de una imagen idealizada: “Se puede pensar que al momento de que una mujer se convierte en mamá, mágicamente va a poder resolver todo”. La idea constantemente es reforzada en películas, series y redes sociales, pero también en la vida cotidiana, donde gran parte del cuidado y la crianza todavía recae sobre las mujeres, incluso cuando tienen pareja.
Buggs recuerda a una consultante que hace tres décadas le confesó que no había querido tener a su hijo y se quedó esperando su reacción, temerosa de ser juzgada. Hoy escucha a más mujeres hablar con mayor libertad sobre sentimientos que antes les costaba expresar.
Cuando nadie pregunta
María Fernanda, de 35 años, ya había pasado por una crisis grave de salud mental antes de tener a su primera hija. Vive en Ciudad de México y es ginecóloga. En 2018 fue diagnosticada con ansiedad generalizada y depresión mayor. Durante un periodo tuvo ideas e intentos suicidas y llegó a estar hospitalizada. Después de recibir tratamiento y estabilizarse decidió embarazarse y mantuvo la atención psiquiátrica durante el proceso de gestación.
Sus médicos conocían sus antecedentes, pero nunca le preguntaron cómo se sentía. “No sé si ya daban por hecho que todo estaba bien”, menciona. Su caso muestra una de las fallas más básicas en la detección. Incluso cuando existen antecedentes de salud mental, preguntar cómo se siente la mujer no siempre forma parte de las consultas.
Desde 2016, la Norma Oficial Mexicana que regula la atención durante el embarazo, parto y puerperio establece que el personal de salud debe identificar señales de depresión o de cualquier otro trastorno relacionado con la salud mental. La norma es obligatoria para los servicios públicos, sociales y privados de todo el país, pero no indica una pregunta concreta ni exige utilizar un cuestionario específico.
La falta de sueño, el cansancio y los cambios emocionales pueden confundirse con lo que muchas mujeres escuchan como “parte normal” de ser madre.
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Bruma Palacios Hernández, psicóloga clínica y coordinadora del Laboratorio de Salud Mental Perinatal de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, explica que es muy importante que especialistas de salud aprovechen las consultas prenatales, las revisiones después del parto e incluso las citas pediátricas para saber cómo duerme la madre, qué le preocupa o cómo está viviendo el cuidado.
Una de las herramientas disponibles es la Escala de Depresión Posnatal de Edimburgo. Fue creada en Reino Unido en 1987 y consiste de diez preguntas que las mujeres responden sobre cómo se han sentido durante los últimos siete días. Se completa en pocos minutos y sirve para detectar posibles casos. Se ha adaptado a distintos idiomas y países.
Pero tener estas herramientas no garantiza que el problema sea reconocido. La psicoterapeuta Alejandra Buggs advierte que “es importante revisar nuestros propios sesgos de género, tanto en la evaluación como en el diagnóstico y sobre todo en la intervención”.
Jiménez Aquino agrega: “Estamos viviendo un modelo reactivo todavía, en el que dependemos de que la mujer se ponga mal para que el sistema reaccione. Idealmente tendríamos que transformarnos en un modelo preventivo”.
María Fernanda cuenta que después de tener a su bebé comenzó a sentirse rebasada entre la maternidad y el trabajo. Le cuesta descansar y se describe como “una alarma descompuesta”. Hace tres meses dejó de tomar sus medicamentos, pero busca retomar pronto la atención con su psiquiatra. Su experiencia con la salud mental cambió su forma de atender a otras mujeres; en sus consultas ginecológicas ahora les pregunta cómo se sienten durante el embarazo y después del parto. “Siempre les doy tres opciones de alguien experto en salud mental para que vayan aunque sea a una cita”, dice.
¿Una etapa sin límites claros?
Laura Jiménez Aquino detalla que la salud mental perinatal puede incluir distintos trastornos además de depresión y ansiedad. Entre los más comunes destacan el estrés postraumático, el trastorno obsesivo-compulsivo, problemas de sueño y de conducta alimentaria, el trastorno bipolar y, con menor frecuencia, psicosis. Algunos pueden existir desde antes del embarazo y reaparecer o empeorar, pero otros aparecen por primera vez en esta etapa.
Los síntomas varían según el trastorno, pero pueden incluir tristeza persistente, pérdida de interés, ansiedad intensa, pensamientos intrusivos, recuerdos traumáticos, cambios importantes en el sueño o la alimentación y alteraciones del estado de ánimo. La intensidad, la duración y el grado en que interfieren con la vida cotidiana, el autocuidado o el cuidado del bebé ayudan a distinguir cuándo el malestar requiere una valoración profesional.
El límite de la salud mental perinatal cambia según el criterio que se utilice. El DSM-5-TR, publicado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, considera el "inicio en el periparto” (el periodo alrededor del nacimiento) para ciertos episodios que comienzan durante el embarazo o en las primeras cuatro semanas posteriores. Sin embargo, en sus materiales informativos, la asociación describe la depresión perinatal como aquella que puede aparecer durante el embarazo o hasta el primer año de vida del bebé.
En México se considera como puerperio las seis semanas posteriores al parto. Palacios señala que durante mucho tiempo la recuperación física trasladó la idea de que la mujer volvía a ser la misma. “Varios colegas hablan de que después de la cuarentena la mujer regresa perfectamente a su estado preembarazo. Eso es imposible pensarlo en términos emocionales, psicológicos y cognitivos”, afirma.
En esa etapa cambian procesos como la atención, la memoria y el funcionamiento del cerebro, y algunos de esos cambios pueden mantenerse en el tiempo. NHS England, el sistema público de salud de Inglaterra, por ejemplo, permite que algunas mujeres continúen en atención especializada hasta dos años después del parto.
La salud mental perinatal se ha consolidado de manera relativamente reciente como un campo especializado en América Latina. En México, esa especialización ha comenzado a formalizarse, pues desde 2025, el Instituto Nacional de Perinatología ofrece un posgrado de alta especialidad en Psiquiatría Perinatal avalado por la UNAM.
"Todavía tenemos un rezago en temas de salud de la mujer", dice la psiquiatra Jiménez Aquino. “Por muchos años las investigaciones fueron vistas a través de los ojos de los hombres. Entonces, yo creo que eso impacta en que haya situaciones que se han ido normalizando en nosotras”.
Lo que pasa fuera del consultorio importa
La psicóloga Bruma Palacios escucha con frecuencia a mujeres cuyo malestar durante el embarazo está relacionado con experiencias que vivieron antes, como abuso físico o sexual, negligencia durante la infancia o violencia de pareja. Algunas al saber que tendrán una niña vuelven a pensar en lo que ellas mismas experimentaron y temen que su hija atraviese algo parecido. “La violencia es lo que estamos viendo cada día”, dice.
Los datos en México ayudan a dimensionar el peso de estas condiciones. Un estudio analizó a 7,187 mujeres con hijas o hijos menores de cinco años y encontró síntomas depresivos en el 19.9%. Entre quienes reportaron haber vivido violencia, la proporción subía a 35%. Los síntomas también eran más frecuentes en mujeres con primaria incompleta, desempleadas, sin pareja y con más de cuatro hijos.
Esas condiciones pueden quedar fuera cuando la atención se concentra únicamente en el diagnóstico. En entrevista, la psiquiatra Martha Camargo llama “psiquiatrización” a tratar el malestar como un problema individual sin mirar las condiciones sociales que rodean a las mujeres.
Una madre puede necesitar atención para su salud mental y, al mismo tiempo, descanso, ingresos, una red de apoyo o salir de una situación de violencia. Camargo señala que la Medicina tiende a concentrarse en lo que puede hacer dentro del consultorio cuando parte de lo que sostiene ese malestar está afuera. “Como sociedad estamos dejando solas a las personas que maternan”, dice.
Lindsay Clancy. Su juicio, que duró cinco semanas y fue televisado, con más de 80 testigos, desató un fuerte debate sobre la salud mental materna.
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Los casos que requieren atención urgente
La falta de detección se vuelve especialmente grave cuando una mujer necesita atención inmediata. La psicosis posparto es uno de esos casos: es poco frecuente, pero puede aparecer rápidamente y hacer que una mujer pierda contacto con la realidad. Ocurre en uno o dos de cada 1,000 partos y puede provocar delirios, alucinaciones, confusión, insomnio intenso o cambios bruscos de ánimo y conducta. En América Latina todavía hay poca investigación sobre el tema.
En seis años de práctica en esta área, Jiménez Aquino ha atendido tres casos. Dos de las mujeres ya habían pedido ayuda antes de llegar con ella: una había pasado por tres instituciones y otra por cinco sin que lograran identificar lo que les estaba ocurriendo. Parte de la dificultad, explica, es que los síntomas no siempre aparecen de la forma en que suelen imaginarse. “Estamos acostumbrados a los síntomas muy claros de psicosis y en la psicosis posparto no ocurre así”, señala.
La imagen pública del trastorno se ha construido a partir de sus casos más extremos. En agosto de 2026, el juicio contra Lindsay Clancy volvió a poner el tema en la conversación en Estados Unidos. La exenfermera admitió haber matado a sus tres hijos en Massachusetts en 2023. Su defensa sostuvo que atravesaba una psicosis y que no comprendía sus actos, mientras que la fiscalía argumentó que era consciente de lo que hacía. El jurado no llegó a un veredicto unánime y el juez declaró juicio nulo.
Una revisión de la literatura sobre más de 4,000 casos de psicosis relacionados con el embarazo y el posparto mostró que el asesinato de una hija o un hijo ocurrió en menos de 1% de los episodios psicóticos sin signos evidentes de depresión. La proporción fue de 4.5% cuando la psicosis estaba acompañada de depresión.
Camargo cuestiona la forma en que casos como el de Clancy han marcado la conversación pública. “Me preocupó que se utilizara que hay como una especie de crisis de psicosis posparto en el mundo y eso no es cierto”, dice. Para ella, estas historias también chocan con la idea de cómo debe ser una madre, por lo que, cuando ocurre una situación así, esa expectativa puede hacer que se juzgue a la mujer antes de mirar qué estaba pasando con su salud mental. El problema, asegura, es otro: “Lo que sí tenemos es esta falta de conciencia de lo difícil que es maternar”.
Pero incluso cuando el problema es reconocido, está la dificultad de dónde atenderlo. “Si estás embarazada, difícilmente un hospital psiquiátrico va a atenderte porque no tiene los medios. Y si tienes un tema psiquiátrico, los hospitales obstétricos te van a mandar al psiquiátrico. [...] Es tierra de nadie”, agrega Jiménez Aquino.
La responsabilidad del Estado
Cuando la depresión y la ansiedad durante el embarazo y el posparto no reciben atención, sus efectos pueden extenderse durante años. Un estudio realizado en Brasil estimó en 4,860 millones de dólares los costos a largo plazo asociados con estos trastornos para una generación de mujeres que dio a luz en 2017 y sus hijas e hijos. El cálculo tomó en cuenta pérdidas en calidad de vida y productividad, además de gastos de atención médica
Adicionalmente, un metaanálisis publicado en JAMA Pediatrics encontró que la depresión y la ansiedad durante el embarazo y el posparto se relacionan con más dificultades emocionales, sociales y cognitivas durante la infancia. Para Jiménez Aquino, atender estos problemas también importa por lo que ocurre después en las familias. “Si queremos una sociedad como mexicanos menos violenta, más empática”, afirma, hay que mirar las condiciones en las que comienzan la maternidad y la crianza.
El juicio contra Lindsay Clancy, una mujer acusada del homicidio de sus tres hijos, ha expuesto la psicosis posparto, siempre malinterpretada con la depresión posparto.
En México ya existen normas y guías para detectar estos problemas, pero las especialistas consultadas para esta investigación coinciden en que falta aplicarlas. Todas proponen que preguntar por la salud mental sea tan habitual como tomar la presión y que ginecólogos, pediatras, médicos familiares, personal de enfermería y psicólogos reciban capacitación para reconocer señales de alerta.
En América Latina existen servicios y programas especializados en salud mental perinatal, pero siguen concentrados en algunas instituciones y grandes ciudades. La atención es desigual y en muchos lugares depende de que el personal de primer contacto reconozca el problema y sepa a dónde referir a la paciente.
Una encuesta publicada en 2025 a profesionales de 13 países de Hispanoamérica mostró que más de 60% señaló que sus países carecían de servicios públicos para atender problemas de salud mental perinatal, como programas de atención o acceso a profesionales. En el sector privado, en cambio, 70% reportó que sí había servicios disponibles, aunque muchos eran generales y no especializados.
La recuperación también se teje en comunidad
Cuando nació la hija de María Fernanda, su madre se convirtió en una de sus principales redes de apoyo. “No solo me ayuda a maternar, me ayuda a vivir”, dice. Los fines de semana recibe apoyo de su suegra y también su esposo participa en el cuidado. Esa red le permite repartir parte de la carga, aunque no elimina el cansancio ni la sensación de estar dividida entre distintos papeles. “No solo somos mamás”, agrega. “No dejamos de ser mujeres, estudiantes, personas que quieren salir a divertirse, leer y hacer ejercicio”.
En su historia, como en la de muchas otras, una parte del cuidado termina sostenida por otras mujeres: la madre, la suegra, una amiga. En el caso de Daniela Piñate, la primera persona que logró hacerle sentir que podía salir de la depresión estaba a miles de kilómetros y ni siquiera la conocía.
Después de su hospitalización en Ecuador, Daniela regresó a casa y siguió buscando respuestas en internet hasta encontrar un relato de Analía Sierra, una mujer argentina que había atravesado una experiencia parecida una década antes. Al final del texto había una dirección de correo electrónico. Daniela escribió. Analía respondió, le mandó su número y hablaron por teléfono.
“Fue el primer momento de esperanza y alivio”, recuerda Daniela. A través de ella conoció a una psicóloga especializada en salud mental perinatal y comenzó a entender que lo que le ocurría tenía un nombre y también le había sucedido a otras madres.
Sierra también le mostró los recursos de Postpartum Support International (PSI), una organización sin fines de lucro creada en 1987 en Estados Unidos para ofrecer información, apoyo y capacitación sobre el tema. Daniela comenzó como voluntaria. Hoy trabaja en el área de comunicación de uno de los programas de PSI y mantiene su propio proyecto. Madre Terapia nació de esos relatos y después se convirtió en un proyecto de acompañamiento entre pares.
Su segundo embarazo fue distinto. Daniela ya sabía que haber pasado por depresión era un antecedente importante, así que buscó acompañamiento psicológico desde antes y preparó un plan para el posparto. Conocía las señales que debía observar y sabía a quién recurrir. Cuando se le pregunta cuánto cambió la experiencia al tener esa información, responde: “Toda, toda la diferencia del mundo”.
Ocho años después de aquella primera crisis, da esta entrevista por videollamada durante un viaje familiar por Japón. Ahora viaja con su esposo y sus dos hijas. En medio de la conversación, una de ellas le habla para pedirle algo. Daniela les promete el desayuno, les pide que vean una película con volumen bajito y vuelve a la entrevista. “Así es mi vida”, cuenta y ríe.
Daniela habla de su experiencia pensando en las mujeres que hoy atraviesan un posparto difícil y sienten que su vida se quedará así. A través del acompañamiento entre pares, intenta cubrir parte de los vacíos que ella misma encontró al buscar ayuda: alguien que la escuche, acompañe y oriente. Cuando acompaña a otras madres, suele repetirles una frase:
Importante: Si tienes o conoces a alguien con ideación o comportamiento suicida, por favor acude a algún centro de ayuda como los que ponemos abajo:
México: Linea De La Vida (24 horas al día y 365 días al año): 800 911 2000
Argentina: Línea de prevención del suicidio – ayuda al suicida en línea: (54-11) 5275-1135
Chile: Teléfono de la esperanza: 005642221200
Colombia: Asociación Colombiana contra la Depresión y el Pánico: +57 310 5655415
España: Llama a la Vida (24 horas al día y 365 días al año): 024
Honduras: Teléfono de la esperanza San Pedro Sula: (00 504) 2558 08 08
Perú: Sentido (Centro Peruano de Suicidología y Prevención del Suicidio): 01 498 2711
Venezuela: Teléfono de la esperanza: 0-800-PSIQUE