Helena de Troya era negra

Lupita Nyong’o como Helena de Troya en ‘La odisea’. Imagen: Universal Pictures.
Este artÃculo es un adelanto de nuestra revista trimestral Jot Down #55 «Modernismo», ya disponible aquÃ.
La pérdida de contacto con la realidad es un sÃntoma nuclear de los cuadros psicóticos. Le sonarán a usted multitud de casos hiperbólicos representados en la literatura, el cine y la televisión, y bien está que asà sea. Pero de lo que tenemos poca conciencia es de la pérdida de contacto con la ficción como sÃntoma nuclear de un modernismo torcido hace tiempo. O de un posmodernismo que no hemos terminado de interpretar. Ya me dirá usted. Por mi parte, recuerdo que, de chaval, escuché a no sé cuántas personas quejarse de lo ignorantes que eran los yanquis porque en la pelÃcula Knight and Day (2010) se representaba la ciudad de Sevilla, donde transcurrÃan algunas escenas, como escenario de los sanfermines y otros extravÃos geográficos y culturales. Yo mismo me subà a ese tren durante varios años, porque el mejor mirador lo tiene uno sobre su hombro. Pero el tiempo pasa, y, con suerte, tanto usted como yo podemos madurar. O crecer, si lo prefiere. Avanzar. Yo qué sé.
¿Y dónde está el avance en esta situación? En que nos salten las alarmas ante el término «error». Porque no es un error que los sanfermines transcurran en Sevilla en esa pelÃcula, de la misma manera en que no lo es que las mujeres vayan vestidas de flamenca a comprar dos molletes y una integral. Es una decisión, y a un servidor le resulta preocupante que esto no se detecte, o, si se detecta, que se ignore por completo como factor analÃtico. Los propios Tom Cruise y Cameron Diaz (ojo al dúo) respondieron a esta cuestión en una entrevista para El PaÃs hace casi dieciséis años, pero ¿no le extraña que tuvieran que responder?
Entiéndame: los sanfermines no tienen lugar en Sevilla. Vale. Y si uno va en moto por Triana, no aparece en la playa de La Caleta. Hasta ahÃ, todos de acuerdo. Pero parece persistir en nuestra cultura un clima de arrogancia que nos hace juzgar (y sojuzgar) como algo errado todo lo que no se corresponde con nuestro mundo. Entre los crÃticos de las inexactitudes históricas, geográficas o polÃticas representadas en la ficción rara vez se oye la contraparte al espÃritu mismo de esas crÃticas, a saber: que, si bien tales inexactitudes se dan, no son un fallo, no son un error, no son incultura, no son vagancia. Al menos, en su mayor parte, porque me imagino que habrá de todo. Son, simple y llanamente, repito, una decisión creativa. Entonces, podrÃa preguntarme usted (que no me lo ha preguntado, pero como todo esto lo estoy diciendo en mi cabeza, yo me imagino que sÃ), ¿por qué, cada vez que en una producción histórica o semihistórica aparece algo que no cuadra con lo que nos consta de esa época, nos sentimos impelidos a gritárselo a la pantalla, a comunicarlo por redes sociales, a reÃrnos de ello y hacer un chascarrillo? Supongo que se debe a que, como población, detectar algo «erróneo» en la historia contada por grandes corporaciones extranjeras nos hace sentir listos, avezados y posicionados. Y, claro está, si somos tales cosas, hemos de comunicarlas y que el resto del mundo sepa que sabemos que, en contra de lo que creen Ridley Scott y Gladiator II (2024), en el Coliseo romano no se luchaba con tiburones.
Ahora bien, yo le planteo, y le ruego que lo piense un segundo: ¿de verdad cree que el equipo de producción de Gladiator II, el director, los guionistas, los supervisores del guion, los ejecutivos, los consultores, ninguno de ellos, sabe que en el Coliseo no se luchaba con tiburones? ¿Realmente no piensa que, si lo sabe usted, lo sabrán ellos, sobrepasándole con mucho en recursos? ¿No cree que, con lo que cuesta construir esas escenas, alguien habrÃa dicho algo para ahorrárselas si el motivo por el que estuvieran ahà fuese la precisión histórica?
Claro que lo saben. Lo saben ellos y lo sabemos usted y yo. Pero han decidido ponerlo porque, como decÃan en mi barrio, quedaba guapo. Esto puede no gustarle a usted, claro está. Pero fÃjese que el paradigma de la crÃtica ya cambia, y no es un cambio menor. No se trata de que en Hollywood sean todos tontos y nosotros listos, o de que a nadie le importe la historia menos a usted. Se trata de que una pelÃcula con determinado presupuesto busca gustar a todo el que pueda, y a algunos los atraerá con el reparto, a otros con la espectacularidad, y a otros por el sÃndrome de Estocolmo. Lo mismo pasa con Knight and Day, y de esto dieron testimonio sus protagonistas: saben perfectamente que los sanfermines no tienen lugar en Sevilla, pero han decidido representarlos asà porque es mejor para la historia, porque recrea el imaginario que el mundo tiene de la cultura española (impreciso, inexacto, o directamente equivocado, pero es el que tiene), y aunque aquà detectemos que lo que está saliendo en pantalla no se corresponde con el mapa topográfico que estudiábamos en el cole, para el resto del planeta construye atmósfera y es visualmente agradable. Al menos, esa es la intención. Si lo consigue o no, queda a criterio del espectador. Porque pueden ser malas decisiones, de acuerdo, pero no son errores.
¿O cree usted que el Nueva York que sale por la tele es el auténtico?, ¿que desde tal esquina del Village se ve tal avenida, o que al salir de Central Park está no sé qué puente? ¿Cuántas veces habremos visto una escena rodada en un edificio neoyorquino icónico y, al salir, los personajes daban con el trasero en una calle de Chicago? La única diferencia es que usted y yo notamos lo de aquà y no lo de allÃ. Piénselo un momento: ¿cuánto de su imaginario sobre distintos paÃses lo compone aquello que ha visto en el cine? Estoy seguro de que mucho. Y, sin embargo, si vamos a Seúl o a Nueva Delhi, no veremos la estética a la que estamos acostumbrados, ni habrá un filtro azul en la primera y uno naranja en la segunda. Todo lo que aparece en una obra de ficción no es más que el escenario de dicha ficción, y su única función es remar a favor de la propuesta. Y esto me lleva a Christopher Nolan (1970–).
El director de Oppenheimer (2023) se llevó cuarenta y dos Óscar y medio por aquella pelÃcula, de la que, además, los hombres blancos cisheterosexuales hicieron bandera frente a Barbie (2023), de Greta Gerwig (1983–), porque, al parecer, la primera era de machotes y con valor artÃstico, mientras que la segunda blablablá. Yo no escribÃa para Jot Down en 2023, asà que me ahorro la opinión sobre aquello y me ciño al presente. 2026: año en el que se estrena la última pelÃcula de Nolan, una adaptación de La Odisea, el poema de Homero cuya escritura se ubica entre siete y ocho siglos antes de Cristo, y que retrata una historia fantástica situada medio milenio antes. Se anuncia a Matt Damon como Ulises y a Tom Holland como Telémaco. Luego sigue una sucesión de estrellas, como es habitual en las pelÃculas de Chris, y muchos nos preguntamos de qué manera encajará el reparto. Pero, de momento, todo el mundo medio tranquilo.
Y entonces estalla una bomba de mucho mayor alcance que la de Oppenheimer: a Helena de Troya la interpretará la actriz Lupita Nyong’o, de origen keniata y la piel más bonita que haya visto usted en su vida. ¿El problema? Que esa piel es negra. Asà que a Nolan, que con El caballero oscuro (2008) se metió en el bolsillo a los hombres de medio mundo y con Origen (2010) hizo sentir listo al que hoy mira el móvil seis veces durante el visionado de una pelÃcula, se le programa una ejecución pública por ignorante y por vendido a algún lobby de Hollywood (la punta de lanza del progresismo, cuidado). Las pruebas que corroboran esos cargos son abundantes; por ejemplo, que no es creÃble que una mujer negra ocupara el puesto de Helena de Troya en una guerra entre aqueos y troyanos que ocurrió milenio y pico antes de Cristo.
«CreÃble». Me encanta esa palabra. Sobre todo, cuando la aplicamos a según qué cosas. Pero parece ser que mucha gente no la encuentra risible, sobre todo si quienes están representados en la pantalla no se parecen a ellos, asà que pongámonos serios. Digo: sabe usted, igual que yo, que Helena de Troya es un personaje mitológico, ¿verdad? Vale, vale, lo digo por asegurarme. Y porque, si el personaje original al que Lupita Nyong’o va a interpretar no existÃa, entiendo que la piel de la persona que lo encarne en una pelÃcula actual importa entre poco y nada, ¿cierto? ¡No! No se deje engañar. En La IlÃada se la describe especÃficamente como una mujer blanca. Ergo la actriz tiene que ser blanca. ¿No?
Seguro que ve el problema con este argumento. Pivota sobre una falacia de fidelidad en virtud de la cual, si algo es de tal manera en un lugar, aunque sea hace más de tres milenios, debe trasladarse igual a la pantalla. Y digo «falacia» porque ese mismo estándar solo lo aplican los colectivos dominantes cuando ven amenazada su omnipresencia. La historia es una mera excusa; lo que vemos aquà es el racismo cultural en acción. No por nada, sino porque desmontar esta idea es tan sencillo como decir que el mundo de La Odisea no es el nuestro, dado que en La Odisea hay sirenas y cÃclopes, y en nuestro mundo no. Por tanto, las reglas históricas de nuestro mundo no se aplican. Pero supongamos que fuera el mismo: ¿le parece bien que una ninfa retenga a Ulises ofreciéndole la inmortalidad, pero si Helena es negra, el criterio histórico se convierte en determinante y la pelÃcula en un truño? ¿No ve la diferencia de rasero?
De acuerdo, de acuerdo: esos dos parámetros no operan en el mismo nivel narrativo, porque uno se refiere al mundo recreado y otro al mundo fantástico. Bien, entonces: ¿no deberÃa usted impugnar las épicas anteriores porque todo el mundo tiene en ellas los dientes perfectos? ¿No deberÃa renegar de toda aquella pelÃcula de romanos o griegos o espartanos o escoceses en la que los actores y las actrices vayan depilados? ¿No deberÃa condenar a Gladiator (2000) por la muerte de Marco Aurelio o porque se empleen esos estribos en la monta de caballos? ¿Por qué se escogió a Joaquin Phoenix para interpretar a Cómodo en esa pelÃcula, si el Cómodo histórico era notablemente más joven? Porque Joaquin Phoenix molaba en ese papel. Pues lo mismo deberÃa pasar con Lupita Nyong’o y Helena de Troya, pero no, porque la edad no molesta tanto como la representación de diversidades humanas o realidades artÃsticas diferentes a la propia.
Si el motivo del descontento es la imprecisión histórica, La Odisea deberÃa caerse desde su mismo fundamento, antes siquiera de haber anunciado el reparto. Pero ese es justamente el problema: que la historia no es el fundamento de La Odisea. Estamos hablando de un poema homérico. De hecho, si siguiéramos el argumento de la credibilidad en las caracterÃsticas fÃsicas de los actores respecto a las de sus personajes, tendrÃamos que concluir que, según los detractores del reparto, Zeus tampoco puede ser negro. Porque le recuerdo que Helena era hija de Zeus, de manera que, si Helena no puede ser negra, su padre tampoco. ¿Suena ridÃculo discutir la verosimilitud racial de los dioses? Solo si no resulta en lo que queremos. Si Helena es blanca, no pasa nada: puede ser hija de un dios que tira rayos y todo correcto. Pero si Helena es negra, se nos tensa el esfÃnter de la furia. Esto deberÃa denotar que lo que nos incomoda no es la supuesta incompatibilidad histórica de una representación, sino que dicha representación se aparte de los cánones dominantes, pues en ellos está el grueso del colectivo que se queja.
Dejemos esa tierra baldÃa y subamos un peldaño más: es que, aunque Helena de Troya fuese un personaje histórico, la persona que la interprete no tiene por qué obedecer a un criterio histórico. Este es el quid de la cuestión y lo que hace enfermiza nuestra relación con la narrativa. Hemos perdido el contacto con la ficción, como le decÃa. No nos cabe en la cabeza que algo pueda apartarse del material del que proviene. Y digo más: no nos cabe en la cabeza que eso sea artÃsticamente sano. Estamos hablando de una pelÃcula de fantasÃa, no de un documental con Ãnfulas. Esto mismo lleva ocurriendo toda la vida con los «basado en hechos reales»: que son una mentira como un templo. Por mucho que conmoviera Bohemian Rhapsody (2018) a según qué personas, a poco que le interese a usted Freddie Mercury (1946–1991), sabrá que lo que se relata en esa pelÃcula no pasó en ese orden, ni de esa manera, ni con esos conflictos. ¿Y sabe qué? No hay ningún problema en ello.
Quédese con esto: nadie dice que el parámetro para medir la calidad de una representación narrativa sea su fidelidad al mundo que retrata. Eso lo supone quien se queja, pero la pelÃcula no ha dicho en ningún momento que tal criterio sea prioritario. De hecho, muchos proyectos le dan una prelación muy baja, cuando no la descartan directamente. Eso es una decisión artÃstica, y a usted puede no gustarle, pero eso no quiere decir nada malo sobre la pelÃcula. Si quedamos para tomar una cerveza en una terraza y yo aparezco en pantalón corto y camiseta cuando usted esperaba que acudiese de traje y corbata, no he hecho nada mal; solo significa que usted medÃa la importancia del encuentro por el atuendo que yo portara. Pero mi atuendo no es el problema, sino su parámetro. Nadie le obliga a usar ese parámetro. Con la ficción pasa igual. Cuando acudimos a ver una obra, el creador es el que ha tomado las decisiones que configuran la premisa; si a usted no le gustan, muy bien, pero sepa que se trata de eso: de que no le gustan, no de que la pelÃcula sea mejor o peor.
Siguiendo con nuestro ejemplo, La Odisea de Nolan es obra exclusiva de Nolan, y él tomará la decisión (que no el error) de escoger a quien mejor considere que se adapta al personaje que corresponda. Ya hubo una pelÃcula de Hollywood que retrataba esta mitologÃa. Se llamó Troya (2004), y aunque hoy en dÃa se la está reclamando porque Brad Pitt no se perdÃa una comida baja en carbohidratos (supongo), en su momento fue denostada. Es más: el propio reparto recibió crÃticas a mansalva, y puede usted comprobarlo con un par de clics. Pero fuera lo que fuese esa pelÃcula, ya contenÃa una representación de aquellos personajes, y aunque también se sonaba los mocos con el texto original de La IlÃada (no me haga hablar del final de Menelao, de Agamenón, de la historia de amor de Aquiles, o de cómo Héctor se enfrenta a este como un tipo duro en lugar de correr como perrete chico alrededor de toda la ciudad, como describe el poema de Homero), pretendÃa representar de forma medio fidedigna a sus contrapartes mitológicas.
Bien: ya tuvimos Troya y a Diane Kruger como Helena. Asà decidió representar a los personajes Wolfgang Petersen (1941–2022), el director de aquella cinta. Pero ahora llega Nolan y hará su versión de los personajes, y con razón será distinta. Yo mismo me pongo en su lugar y lo entiendo perfectamente: ¿qué necesidad tengo de atenerme a los cánones establecidos por el poema original o por la antecesora fÃlmica, si lo que quiero es hacer mi versión? A mà también me aburrirÃa ponerme a buscar a un Brad Pitt joven o a un Eric Bana joven o a una Diane Kruger joven. Es normal, y positivo en términos artÃsticos, que un cineasta haga suya la versión de la historia que va a contar. En teatro, a Hamlet lo han interpretado mujeres y personas racializadas multitud de veces. ¿Y qué? Al igual que ocurrÃa con Knight and Day y Sevilla, cuando se representa Hamlet no se pretende retratar la realidad de Dinamarca en la Baja Edad Media, sino contar de la mejor manera posible una historia mil veces contada. Lo análogo con La Odisea.
Porque esa es otra: mucha gente se ha quejado de que, según se ve en el tráiler, las armaduras de los lestrigones, un pueblo mitológico de gigantes lanzadores de rocas, tienen apariencia medieval, y no la correspondiente a la época en que transcurre la historia. Repito: muchas personas se quejan de que la armadura de los gigantes no es históricamente precisa. Pero vaya, que no hace falta que sean gigantes: también ha habido quejas respecto a la representación de los atavÃos de batalla de Ulises y compañÃa. Nunca dejará de sorprenderme por qué molesta esto. Y quienes lo señalan, lo hacen a modo de queja, como si se hubiese hecho algo mal. No quiero ponerme pesado, pero es importante recalcar que no es que Nolan y compañÃa no tengan dinero para preguntarle a un historiador cómo eran las armaduras de la época; es, sencillamente, que creen que asà quedan mejor. ¿Se ajustan a la presunta realidad del siglo en cuestión? No. ¿Son preferibles estéticamente? Para el director, sÃ, asà que ya está. Luego veremos qué tal queda. Pero si Nolan, o cualquier otro creador o artista, no se atiene a la supuesta historicidad de algo, es porque no tiene por qué hacerlo. No confundamos nuestras preferencias o intereses con un mandato artÃstico.
En fin, que se está haciendo tarde.
No sé si La Odisea de Nolan estará bien o no, porque no la he visto. Mejor nos irÃa a todos si nos abstuviéramos de opinar de algo hasta conocerlo. Dicho esto, me he encontrado tantas veces la foto de Lupita Nyong’o debajo de un exabrupto que se me juntan la incredulidad, el hastÃo y la rabia. Todo ello porque, con mucha frecuencia, quien se queja de estas cosas no lo hace por oprimir a nadie, sino porque genuinamente lo siente como un ataque. El problema está en que no deconstruyamos ese sentimiento, en que no tengamos el autoanálisis suficiente para ver lo que nos molesta y lo que no, los argumentos que se sostienen y los que no, y la diferencia en la manera que tenemos de aplicarlos. Por no hablar del factor puramente empático. Y es que, si asumiéramos que las representaciones de los personajes de ficción deben atenerse a su contraparte histórica o a su fuente literaria, dado el dominio blanco sobre la inmensa mayorÃa de la cultura occidental a lo largo de los siglos, esto condenarÃa a todas las personas racializadas a no poder interpretar jamás a ningún personaje como lady Macbeth, Juan Tenorio, James Bond, Drácula, AntÃgona, Elizabeth Bennet, y un largo etcétera. ¿No le entristece esa irresponsabilidad del colectivo dominante con nuestra propia historia? Dado que el dominio de la representación narrativa ha sido blanco, y asà la mayorÃa de sus personajes más icónicos, ¿debe cualquier actor o actriz cuya piel no sea blanca quedar marginado de esos papeles, sin que importe su talento artÃstico? ¿No pueden aparecer en ninguna obra donde no haya un personaje racializado? Porque, si lo piensa, eso les cerrarÃa de inmediato las puertas de la mayorÃa de representaciones de textos con más de cien años.
Se supone que el rasgo más llamativo de Helena de Troya era su belleza descomunal, y yo, personalmente, puedo pensar en pocas personas más hermosas que Lupita Nyong’o, sin entrar en los gustos individuales de cada cual. No obstante, y esto es muy denotativo, la foto más distribuida de esta actriz en el supuesto papel es, en realidad, una alteración de otra fotografÃa realizada con inteligencia artificial. No tiene más que buscarlo y verá que es cierto. Alguien ha cogido una imagen suya en la pelÃcula 12 años de esclavitud (2013), donde tiene el aspecto demacrado y abusado propio de una esclava, y la ha cambiado para que parezca que ese será el aspecto de Helena de Troya.
Curiosa conducta por parte de sus detractores. Da que pensar, ¿no cree?