Las erupciones volcánicas que hicieron historia

El primer telegrama llegó a Singapur un lunes, enviado desde la ciudad de Batavia, en las Indias Orientales Neerlandesas (hoy Yakarta, Indonesia). “Terribles detonaciones procedentes del Krakatoa (isla volcánica)”, informaba. Poco después: “Caen piedras. Un pueblo cercano a Anjer ha sido arrasado”. Los telegramas seguían llegando sin cesar con noticias de puentes destruidos, barcos destrozados y faros “desaparecidos”. El martes al mediodía, la magnitud del desastre natural ya era evidente: “Donde antes se alzaba el monte Krakatoa, ahora se extiende el mar”.
En cuestión de días, el origen de la destrucción se dio a conocer en todo el mundo. La mañana del 27 de agosto de 1883, una erupción volcánica había arrasado dos islas en el estrecho entre Java y Sumatra, y la mayor parte de una tercera. Perecieron más de 36 000 personas, la mayoría en los devastadores tsunamis que se propagaron a raíz de la colosal explosión.
Gracias a las telecomunicaciones de la época victoriana, fue la primera vez en la historia que personas de todo el mundo pudieron empezar a documentar, casi en tiempo real, los efectos inmediatos y a largo plazo de una erupción volcánica catastrófica. Lo que aprendieron durante los años siguientes sentó las bases de la ciencia moderna de la vulcanología. Y fue una lección especialmente reveladora sobre cómo las erupciones más grandes pueden influir en el clima, la agricultura e incluso en el curso de la historia de la humanidad.
Efectos globales
En los meses posteriores al Krakatoa, las partículas volcánicas que flotaban en las capas altas de la atmósfera dieron la vuelta al mundo, provocando puestas de sol de colores intensos que los artistas de la época plasmaron en sus cuadros, entre los que probablemente se incluye el fondo psicodélico de El grito, de Edvard Munch.
Pero el componente clave de las emisiones del volcán que influyó en el clima fue el azufre procedente de la roca fundida que alimentaba el Krakatoa. Una vez que el azufre entra en la atmósfera, puede formar partículas llamadas aerosoles que reflejan la luz solar y enfrían la Tierra. En los meses y años posteriores a la erupción, las temperaturas medias de verano descendieron 0.6 grados Celsius (1.1 grados Fahrenheit) en las regiones no tropicales del hemisferio norte.
Más de un siglo después, los investigadores comprenden ahora que los cambios climáticos, especialmente los rápidos, han transformado las sociedades al afectar la agricultura, la salud pública y las condiciones de vida. Con lo que han aprendido del Krakatoa y otras erupciones, los vulcanólogos identifican hoy en día explosiones catastróficas del pasado que pueden haber contribuido a acontecimientos históricos como sequías, hambrunas, epidemias y disturbios sociales.
“Las sociedades se vieron afectadas de muchas formas diferentes… una mala cosecha, una inundación, un verano frío o un invierno realmente gélido”, afirma Katrin Kleemann, historiadora medioambiental del Museo Marítimo Alemán de Bremerhaven.
Aunque no pueden demostrar que una erupción provocara la caída de un régimen, los vulcanólogos han descubierto algunos vínculos intrigantes, incluidos algunos que podrían aportar información para comprender cómo podría reaccionar la sociedad actual ante un clima en rápida evolución.
El año 536 y todo lo que trajo consigo
El primer reto a la hora de establecer conexiones entre los volcanes y la sociedad es encontrar huellas físicas de erupciones pasadas. En el año 536, los escribas de Europa, Oriente Medio y Asia escribieron sobre fenómenos meteorológicos extraños, incluida una neblina que ocultó el sol durante 18 meses. Las temperaturas se desplomaron, las cosechas se perdieron y, en pocos años, comenzó la primera plaga mundial documentada.
Estas crónicas de la Alta Edad Media apuntan claramente a una gran erupción volcánica, pero las pruebas fehacientes se encuentran en lo más profundo del hielo polar. Los científicos pueden deducir que se produjeron grandes erupciones en determinados momentos del pasado buscando depósitos de azufre y ceniza en los testigos de hielo de Groenlandia y la Antártida. Estos testigos, extraídos de las capas de hielo, conservan un registro anual de todo lo que circulaba por la atmósfera terrestre y se depositaba en la superficie cada año. Los investigadores pueden leer estas capas congeladas retrocediendo en el tiempo, como si pasaran las páginas de un libro.
Resulta que los testigos de hielo polares contienen grandes cantidades de azufre que datan del año 536, una señal clara de una erupción de gran magnitud. Pero qué volcán entró en erupción en aquel momento sigue siendo un misterio. No se conoce ningún registro escrito de nadie que viviera cerca de la erupción —Islandia, donde pudo haber ocurrido, aún no estaba poblada—.
Las grandes erupciones volcánicas enfrían el clima de la Tierra al lanzar diminutas partículas de azufre a gran altura en la atmósfera, donde reflejan una parte de la luz solar que llega hacia el espacio durante períodos de meses o años. La erupción de 1257 del volcán Samalas, en Indonesia, eclipsó a otras de la historia reciente en cuanto a la emisión de azufre, y se ha demostrado que enfrió el clima en todo el hemisferio norte durante varios años. Otras erupciones significativas que se muestran también han influido en el clima de la Tierra lo suficiente como para afectar a las sociedades humanas.
Las grandes erupciones volcánicas enfrían el clima de la Tierra al lanzar diminutas partículas de azufre a gran altura en la atmósfera, donde reflejan una parte de la luz solar que llega hacia el espacio durante períodos de meses o años. La erupción de 1257 del volcán Samalas, en Indonesia, eclipsó a otras de la historia reciente en cuanto a la emisión de azufre, y se ha demostrado que enfrió el clima en todo el hemisferio norte durante varios años. Otras erupciones significativas que se muestran también han influido en el clima de la Tierra lo suficiente como para afectar a las sociedades humanas.
La caída del imperio
Existen pruebas más sólidas que señalan al volcán que pudo haber contribuido a derrumbar el Imperio mongol siete siglos más tarde. Hasta 2013, los investigadores solo sabían que en 1257 se produjo una erupción —la mayor de los últimos milenios, según las mediciones de emisión de azufre—. En 2013, un equipo interdisciplinar dató mediante radiocarbono las cenizas, la piedra pómez y otros depósitos alrededor de Samalas, un volcán de Indonesia, vinculándolos con la erupción de 1257.
Los estudios de los anillos de los árboles, que analizan las capas de crecimiento anual de los árboles para determinar en qué años el clima fue favorable o desfavorable para el crecimiento, muestran un enfriamiento generalizado en toda América del Norte y Eurasia entre 1257 y 1259. Entre otras consecuencias, las malas cosechas provocaron hambrunas en Inglaterra, y el clima húmedo y fresco del verano en Japón perjudicó la producción de arroz.
Algunos investigadores han especulado con que fue la erupción de Samalas la que contribuyó a sellar el destino del Imperio mongol, que llegó a su fin tras la muerte de su último gobernante en una epidemia de 1259 en China, que podría haber estado relacionada con los cambios climáticos provocados por la erupción.
La peste negra
Un siglo después de Samalas, según han descubierto los vulcanólogos, se produjo otra intrigante conexión entre una erupción y una enfermedad. Entre 1346 y 1352, quizá la mitad de la población europea murió a causa de la peste negra, provocada por la infección de la bacteria Yersinia pestis, transmitida por las pulgas.
Los registros históricos de Europa y Asia sugieren que los cielos estaban más oscuros de lo habitual en aquella época, quizá debido a una neblina volcánica. Los registros de los testigos de hielo respaldan esa interpretación, ya que documentan una gran erupción —o quizá varias— alrededor del año 1345, aunque se desconoce su ubicación.
Para determinar cómo pudo haber afectado esta actividad volcánica al clima, un equipo interdisciplinar dirigido por Ulf Büntgen, especialista en anillos de árboles de la Universidad de Cambridge, utilizó datos de anillos de árboles para confirmar que los veranos de 1345, 1346 y 1347 fueron inusualmente fríos y húmedos en el sur de Europa.
Büntgen y sus colegas señalan que, al fracasar las cosechas debido al mal tiempo, los europeos importaron cereales desde más al este. Los barcos cargados de cereales llegaron con ratas portadoras de Y. pestis, lo que llevó a los investigadores a sostener que el misterioso volcán que entró en erupción en 1345 pudo haber desencadenado una cadena de acontecimientos que, en última instancia, acabó con la vida de decenas de millones de personas.
Las filas verticales de diminutos círculos azules en el centro de esta imagen microscópica marcan los anillos de crecimiento anuales de los árboles que crecieron poco durante años inusualmente fríos. Los científicos han relacionado estos anillos azules en un árbol de los Pirineos españoles con una erupción volcánica a mediados de la década de 1340 que enfrió el clima y precedió a la peste negra.
CORTESÍA DE ULF BÜNTGEN
Las nieblas tóxicas de Islandia
Relacionar los volcanes con los acontecimientos humanos puede ser un reto incluso hoy en día, pero en 1784, un embajador estadounidense en Francia llamado Benjamin Franklin tuvo la perspicacia suficiente para vincular una extraña neblina que se extendió por el campo el año anterior con una erupción lejana.
El origen resultó ser el Laki, una fisura islandesa que arrojó lava durante ocho meses a partir de junio de 1783. La erupción acabó con la vida de al menos una quinta parte de la población de Islandia y gran parte de su ganado, debido a la niebla tóxica y a los cambios climáticos que arruinaron las cosechas. Aunque el suceso quedó bien documentado en Islandia, los observadores de Inglaterra, Francia y otros lugares de Europa que vieron la neblina del volcán y, en ocasiones, percibieron su hedor, solo podían hacer conjeturas sobre lo que estaba ocurriendo en un mundo desconectado y anterior a la era electrónica.
“No recibían alertas de noticias en su teléfono móvil, no veían retransmisiones en directo de esta erupción… no tenían ni idea”, afirma Kleemann, que ha estudiado la erupción.
Las conexiones se hacen más claras
Aunque ocurrió apenas unas décadas después de la de Laki, una de las mayores erupciones de la historia de la humanidad ofrece una imagen mucho más detallada de cómo una perturbación climática de origen volcánico puede cambiar el curso de la historia. En 1815, un volcán de Indonesia llamado Tambora entró en erupción, lanzando azufre a la atmósfera superior y provocando amplios cambios climáticos.
La erupción del Tambora provocó un enfriamiento en gran parte de Europa y América del Norte, donde se perdieron las cosechas, y 1816 fue bautizado como el “año sin verano”. El clima volcánico de aquel año mantuvo encerrada a la escritora Mary Shelley mientras viajaba por Suiza, donde escribió la novela Frankenstein.
El mal tiempo provocó hambrunas en Suiza, Irlanda y otros lugares; los precios de los cereales y la desnutrición se dispararon en algunas zonas de Europa, lo que llevó a decenas de miles de personas a emigrar a América del Norte. Europa del Este y el oeste de Rusia, por el contrario, disfrutaron de condiciones de cultivo relativamente mejores bajo el clima posvolcánico y de cereales suficientes para exportarlos a otros países. Ciudades portuarias como Londres y Hamburgo disfrutaron de un mayor acceso a los cereales importados, mientras que los precios se dispararon en el interior. Esos casos positivos muestran cómo el acceso a las redes de transporte y comercio puede hacer que las sociedades sean más resilientes ante los desastres.
“La sociedad humana presenta numerosas susceptibilidades y vulnerabilidades”, afirma Clive Oppenheimer, vulcanólogo de la Universidad de Cambridge y coautor, junto con Büntgen, de un artículo publicado en 2026 en el Annual Review of Earth and Planetary Sciences sobre volcanes, clima y sociedad. “Algunas perturbaciones climáticas vendrán y se irán (…). En otras ocasiones, la perturbación climática se producirá (…) cuando existan mayores vulnerabilidades sociales”.
Estas lecciones pueden tener una relevancia especial hoy en día, ya que los investigadores consideran que las consecuencias históricas de las erupciones pasadas son una pista sobre cómo podría responder la humanidad al cambio climático actual. Las grandes erupciones volcánicas enfrían el planeta en lugar de calentarlo, pero representan el mismo tipo de perturbaciones rápidas a escala planetaria a las que se enfrentan ahora las sociedades a medida que la Tierra se calienta.
Y, tal y como nos enseña la vulcanología histórica, la próxima gran erupción es solo cuestión de tiempo. En la era de los satélites y la saturación de las redes sociales, el mundo entero se enterará en el momento en que ocurra —pero solo estudiando acontecimientos del pasado, como los del Krakatoa y el Tambora, podremos hacernos una idea de lo que sucederá a continuación—.
Este artículo apareció originalmente en Knowable en español, una publicación sin ánimo de lucro dedicada a poner el conocimiento científico al alcance de todos. Suscríbase al boletín de Knowable en español.
Artículo traducido por Debbie Ponchner.