Leo, luego existo, pero solo en agosto, en Ibiza y con foto

Foto: Ruslan Alekso.
Después de dar la chapa por aquà con auténticos polvorones escritos, ora sobre el tenis y sus artefactos audiovisuales, ora sobre los clásicos del cine renegados, que no interesan a nadie, me he prometido a mà mismo empezar el curso ligero como un volován. A ver si alguien me lee.
Hablando de leer, qué mejor que recurrir a Instagram, que es gratis y con su espuma inane te hace un retrato. Nunca mejor dicho.
Y resulta, además, que el algoritmo de Meta me tiene pelota. Si hace unas semanas, a propĂłsito de un posado/robado a David Lynch para Gucci, en el que un trasunto hipervitaminado de Kate Moss interpretaba en playback el «Wicked Game» de Chris Isaak, no me aparecĂan más que shorts de Wild at Heart, en estos dĂas en los que me documento visual-literariamente, no hace más que obsequiarme obscenamente con fotos de variado paisanaje, peña, fulanos, fulanas y fulanes con libros, esas cosas, entre las manos y las piernas, en actitud presuntamente literaria y en entornos paradisĂacos, sujetándolos cual becerro de oro. Algunos de ellos son contactos mĂos y tampoco voy a nombrarles porque no quiero demandas sentimentales, pero, sobre todo, no quiero distraerles en su sagrado e Ăntimo tiempo de lectura de clásicos tipo La soledad de los nĂşmeros primos o cualquier novela de Juan del Val, ideales para degustarlas despuĂ©s de catorce vermĂşs playeros, con la secreta esperanza de que las palabras se vuelvan a mezclar borrachas y esas Âżnovelas? adquieran algĂşn sentido artĂstico.
ÂżHe dicho Ăntimo? No lo quieren asĂ sus protagonistas, esa es la idea. Son fotos, generalmente, las de ellas, en la playa, con las rodillas plegadas en las que les asoma ligeramente la braguita del bikini y, al fondo, un precioso sol vespertino entre las piernas como la novela de Juan MarsĂ©, piel besada por la arena y licuada por el Mediterráneo y un libro a medio abrir del que, por supuesto, se ve la portada, no vaya a ser que creamos que es la GuĂa Marca. Ellos, en mucha menor medida, los alfa boys con conciencia de clase cultural, suelen agarrar el libro igual que a una perdiz a punto de escaparse y dejan entrever la pulsera del reloj, que generalmente suele ser una corona suiza, pero al ser en 2D no se sabe si es de verdad o de palo.
AsĂ, poco a poco, va calando su mensaje, como en los anuncios de teletienda, para acabar convirtiendo un commodity en algo aspiracional. Y ahĂ se les ve el truco. DeberĂan leer más para que no les pasen estas cosas tan evidentes.
Coger el mĂłvil —o lo que da más vergĂĽenza ajena, pasárselo a quien tengas al lado— para hacerte una foto mientras haces que lees (porque, tempus fugit, mientras encuadras y le das al cĂrculo no puedes mirar a la página, a no ser que sea una de Eva GarcĂa Sáenz de Urturi, que ya sabes cĂłmo va a continuar), habla ya de una declaraciĂłn de intenciones. El libro que lees es el Machu Picchu, algo anĂłmalo largamente anhelado que merece, segĂşn tu criterio, documentarse y enseñarlo al mundo.
El mero metalenguaje de hacerse una foto mientras ¿lees? invalida el hecho de hacerlo. O, más bien, el hecho de hacerlo «de verdad».
Proliferan también los extramotivados, aquellos del «vamos a por el cuarto, o quinto», mientras exhiben la portada de turno. No sabemos si se refieren al Aperol o a la última de David Uclés.
Llevar la cuenta de lo que uno lee es un viejo atavismo de gimnasio, y recuerda a los cazarrecompensas del Far West, a los William Munny que troquelaban la madera de su Starr Army del 58 cada vez que se cobraba una vĂctima. Mango largo, estanterĂa corta.
Parece ser, entonces, que hacer que lees, o incluso que lo haces de verdad y ejecutas ese acto cognitivo, debe ser una cosa que tengas que cantar a los cuatro vientos como algo fuera de lo comĂşn.
Con lo cual, tampoco hay que ser muy listo, ni haber leĂdo a Sonsoles Ă“nega, para caer en la cuenta de que esta anomalĂa de aquellos que presumen de leer en verano, el resto del año no la practican y convierten algo tan comĂşn, tan normal, tan del dĂa a dĂa de quien lo hace, en alquilar una barquita para cruzar a La Flecha.
De una u otra manera ellos mismos se descabezan involuntariamente: lo que realmente están diciendo a sus followers es que, durante once meses, como mĂnimo, no tocan los libros ni con un palo.
Y no pasa nada, porque entra dentro de la lĂłgica y la estadĂstica: en España nadie lee, aunque se publican más de noventa mil libros al año; en España nadie va al cine, aunque se estrenan más de setecientas pelĂculas —solo en salas— cada año. Y en España, nadie va al teatro y nadie va a los museos. En España, en definitiva, cuatro gatas consumen cultura. Y se agradece la coherencia de la lideresa de todos ellos, MarĂa Pombo y su magistral alegato «no sois mejores porque os guste leer, hay que superarlo». Al menos ella es coherente. Algunos la llaman inculta por decir eso. Suelen ser los mismos que se fotografĂan con un lomo (de cuero) entre las piernas. Como si leer te hiciera más culto. ÂżPero quiĂ©n dijo eso?
El que lee, de verdad, en un acto orgánico e instintivo similar a pestañear, desde luego no piensa en lo cuantitativo —«¿Cuántos llevo este mes?»—. La persona que conozco que más lee, primero, no lo dice; segundo, no tiene redes sociales; y tercero, acumula libros en bolsas debajo de la cama, a salvo de instagramers, porque su librerĂa con tres anfiteatros no aguanta más.
En cuanto a quien esto firma, presumo de que en agosto me he leĂdo dos libros —y por trabajo, o sea, por obligaciĂłn—; uno, la Odisea de Homero, ya te imaginas para quĂ©; el otro, el Mein Kampf de Hitler, documentándome para un artĂculo sobre la ignominia nazi. Este Ăşltimo quizá no sea muy instagrameable.
Y el resto del mes no he leĂdo nada.
Pon eso en tu IG.