Menos pantallas en las aulas no significa necesariamente más aprendizaje, advierte la APA

Las medidas centradas únicamente en reducir o eliminar el tiempo de uso de pantallas y nuevas tecnologías en los entornos educativo y familiar podrían no ser la mejor estrategia para garantizar un impacto positivo en los procesos de aprendizaje de los estudiantes más jóvenes. En cambio, resultaría más beneficioso atender aspectos como su diseño, las actividades que sustituyen o complementan, así como el nivel de involucramiento de tutores y docentes en la adopción de estos recursos.
Esta es una de las conclusiones que se desprenden de un nuevo informe publicado por la Asociación Americana de Psicología (APA, por sus siglas en inglés), que analiza el uso de tecnología educativa (EdTech) entre niños y adolescentes de entre 5 y 18 años.
Mientras más países restringen el acceso de menores de edad a teléfonos y redes sociales, el psicólogo Peter Gray afirma que el deterioro comenzó mucho antes. Para entenderlo dice que hay que mirar cuánto control han perdido niñas, niños y adolescentes sobre sus propias vidas.
El documento, titulado Informe de expertos de la APA sobre el aprendizaje de niños y adolescentes con tecnología educativa, expone que diversas investigaciones demuestran que la EdTech (educación impulsada por tecnología) no es intrínsecamente beneficiosa ni perjudicial para los estudiantes. Sus efectos dependen de lo que el alumno hace con ella, de la manera en que los adultos la integran, así como de la edad y las necesidades particulares de cada menor.
La asociación sostiene que la tecnología educativa evoluciona de manera acelerada y presenta variaciones considerables en la calidad de las herramientas disponibles. Por ello, subraya que “para garantizar que estas herramientas sirvan eficazmente a los jóvenes, las decisiones deben basarse en evidencia científica rigurosa, en lugar de promesas de marketing”.
El informe reconoce que el tiempo frente a una pantalla y los momentos de conexión tienen un impacto directo en los procesos de aprendizaje y en el bienestar psicosocial. Precisa que un incremento en el uso de estos dispositivos está asociado con menos tiempo disponible para dormir, leer, realizar actividad física, conversar con otros jóvenes y participar en actividades prácticas.
También destaca que el momento en que se utilizan los dispositivos resulta determinante. Una actividad digital altamente estimulante o rápida puede ser inadecuada, por ejemplo, antes de dormir o previo a la realización de tareas que requieren concentración sostenida.
Sin embargo, la APA advierte que diseñar mecanismos destinados a regular únicamente estos aspectos podría ser menos efectivo que implementar alternativas que aborden la problemática de manera integral. Entre ellas se encuentran la incorporación de actividades fuera de línea que complementen las experiencias digitales y la intervención de tutores y profesores para garantizar una adecuada implementación de las nuevas tecnologías, en función de la edad.
Recomendaciones de uso de EdTech por grupos de edad
En este sentido, la APA señala que entre los menores de 5 a 8 años la adopción de recursos tecnológicos debe estar acompañada, dentro y fuera de las aulas, de supervisión adulta. El objetivo es garantizar un equilibrio entre las actividades digitales y otras experiencias fundamentales para el desarrollo, como hablar, leer, escribir, dibujar, jugar y realizar actividades prácticas.
Para este grupo de edad, la organización advierte que “los medios digitales no deben utilizarse para mantener ocupados a los niños pequeños en casa ni como recompensa en el entorno escolar”. De esta manera, la tecnología debe incorporarse como una herramienta con objetivos definidos y no como un recurso para sustituir la interacción, el juego o las experiencias necesarias para su desarrollo.
La asociación especifica que los estudiantes de entre 9 y 12 años podrían utilizar las nuevas tecnologías de una forma más independiente, siempre y cuando se establezcan medidas que los incentiven a reflexionar sobre los conocimientos adquiridos mediante estas herramientas y sobre la manera en que pueden aplicar lo aprendido fuera de las plataformas digitales.
En estos casos, según el informe, el desafío ya no se centra únicamente en controlar el acceso, sino también en enseñar a los menores a desarrollar mecanismos de autorregulación frente al uso de la tecnología. Esto implica que los adultos acompañen el proceso y promuevan una utilización consciente, en lugar de limitarse a establecer restricciones de tiempo.
Finalmente, el documento señala que los adolescentes de 13 a 18 años pueden contar con mayor autonomía para elegir y utilizar determinadas herramientas. No obstante, considera necesario que expliquen su razonamiento, verifiquen la información obtenida y demuestren que pueden cumplir tareas y resolver problemas por sí mismos, sin depender de la tecnología.
Cuatela sobre el uso educativo de la IA
El reporte dedica además un apartado especial al uso de la inteligencia artificial generativa (GenIA), en el que reconoce que la evidencia científica sobre los efectos de esta tecnología en los procesos de aprendizaje todavía es limitada. Sin embargo, expone que los primeros estudios sugieren riesgos considerables.
Aunque la IA permite a los estudiantes resolver problemas mediante respuestas más completas y precisas, los jóvenes pueden recordar menos información, generar menos conocimientos a largo plazo y reducir su confianza y capacidad para resolver problemas similares sin asistencia tecnológica. Esto significa que una respuesta correcta o eficiente no necesariamente se traduce en un aprendizaje duradero.
El documento también subraya que “las características similares a las humanas en la IA pueden aumentar la confianza y la cercanía emocional”. Los niños y adolescentes pueden percibir un chatbot como más humano, agradable, confiable y emocionalmente cercano cuando utiliza un lenguaje cálido, propio de una relación personal, lo que plantea inquietudes respecto de una posible dependencia emocional, especialmente entre jóvenes social, emocional o psicológicamente vulnerables.
Por esta razón, la APA recomienda que el uso de inteligencia artificial en el ámbito escolar se implemente con cautela y con salvaguardas acordes con la edad de los estudiantes. Entre sus propuestas se encuentra pedir al alumno que presente primero su propio intento, para después compararlo con la respuesta generada por la IA, identificar diferencias y explicar cuál considera mejor y por qué.
El principio central consiste en utilizar la inteligencia artificial después de que el estudiante haya comenzado a pensar, y no como sustituto del primer borrador, la primera solución o la primera idea. De esta manera, la herramienta puede funcionar como un apoyo para desarrollar y evaluar el razonamiento, en lugar de reemplazarlo.
El informe sugiere que prohibir o reducir el uso de la tecnología en el ámbito escolar no necesariamente garantiza mejores niveles de aprendizaje. En contraste, señala que las herramientas digitales pueden beneficiar estos procesos siempre y cuando se definan con precisión los objetivos educativos, se evalúen los recursos a partir de sus resultados y no únicamente por el nivel de participación, se analice qué actividades desplaza el uso de pantallas y se diseñen planes de adopción que contemplen mecanismos de capacitación, investigación y evaluación continuas.
De esta manera, el documento concluye que la pregunta actual no debería ser simplemente cuánta tecnología utilizan los estudiantes o cuánto tiempo pasan frente a una pantalla, sino qué aprenden con ella, qué actividades reemplaza, quién se beneficia de su utilización, qué riesgos genera y si los alumnos son capaces de conservar y aplicar los conocimientos adquiridos en entornos fuera del ámbito digital.
El planteamiento de la APA apunta así a cambiar el enfoque del debate: más que determinar si los niños y adolescentes utilizan demasiada tecnología, resulta necesario analizar cómo, cuándo y para qué la emplean. La calidad del aprendizaje dependerá no solo de la presencia de dispositivos y plataformas en las aulas, sino también de la forma en que estas herramientas se incorporan a las experiencias educativas y del acompañamiento que reciben los estudiantes durante ese proceso.