Por qué esta comunidad de Guerrero eligió el adobe sobre el concreto para reconstruir tras Otis

El futuro de la vivienda suele asociarse con ciudades inteligentes y construcciones cada vez más industrializadas. Cuando un huracán, un sismo o una inundación destruye una casa, algunos programas de reconstrucción suelen mirar primero al mercado, a empresas constructoras y modelos de vivienda que se repiten aunque cambien el clima, la comunidad y la forma en que vive la gente.
Cooperación Comunitaria trabaja desde otra lógica. Desde 2012, esta organización mexicana acompaña a comunidades rurales e indígenas que buscan reconstruir sus casas y hacerlas más seguras. Nació desde la arquitectura y la ingeniería civil, a partir de una preocupación por la pérdida de viviendas tradicionales, que en muchos territorios estaban siendo reemplazadas por casas hechas con materiales industrializados. Con el tiempo, ese trabajo también empezó a responder a eventos climáticos.
“Nos vimos en la necesidad de trabajar con la gestión integral del riesgo porque los fenómenos naturales han aumentado en intensidad y periodicidad. Esto implica hacer estructuras más resistentes, no solo constructivas, sino también productivas y ambientales, que puedan resistir estas amenazas”, explica Isadora Hastings García, arquitecta y coordinadora general de Cooperación Comunitaria, en entrevista con WIRED en Español.
Después del huracán Otis en 2023, esa forma de trabajo llegó a Cacahuatepec, en la zona rural de Acapulco, Guerrero. Varias comunidades volvieron a utilizar materiales que ya conocían pero que habían dejado de trabajar: el adobe, la madera, la teja y el bajareque, una técnica tradicional que usa tierra sobre una estructura de varas o carrizos. El proceso se apoyó en formas de organización que ya existían en el territorio, como las asambleas, los recorridos comunitarios y el trabajo colectivo.
El caso ocurre en un país donde los desastres ya han obligado a muchas personas a dejar sus hogares. El primer Diagnóstico Nacional sobre el Desplazamiento Forzado Interno por Cambio Climático y Desastres en México, elaborado por la Secretaría de Gobernación, a través de Conapo, en colaboración con ACNUR, identificó 1,037,910 desplazamientos entre 2013 y 2023; la mayoría estuvo asociada con huracanes, inundaciones y tormentas.
Una casa destruida o muy dañada puede obligar a una familia a irse. También puede hacerlo la pérdida de las cosechas, el trabajo, el acceso al agua o los espacios donde se cocina y se cuida, porque quedarse depende de que la vida cotidiana pueda sostenerse después de una emergencia.
Vivienda autoproducida en Cacahuatepec, Acapulco, Guerrero, con materiales naturales y locales, a partir de sistemas constructivos tradicionales adecuados a las condiciones y formas de vida del territorio.
Cortesía de Cooperación Comunitaria
Cacahuatepec está lejos de la imagen turística con la que suele asociarse Acapulco. Es una zona rural de caminos de terracería, milpas y casas separadas entre sí, rodeadas por cerros, vegetación y el cauce del río Papagayo. Después de Otis, Cooperación Comunitaria mantuvo procesos de reconstrucción en 24 localidades del Núcleo Agrario.
En esas zonas, el huracán arrancó techos, remojó muros de adobe, tiró milpas e hizo visibles problemas que había desde antes. Por ejemplo, aunque varias localidades están cerca del río, muchas familias dependían de pozos comunitarios para conseguir agua de uso diario y no contaban con saneamiento adecuado. Las mujeres podían pasar hasta cinco horas diarias acarreándola.
Casas iguales para territorios distintos
El diagnóstico sobre desplazamiento forzado también muestra otros casos de reconstrucción de vivienda. Uno de los antecedentes más importantes fueron los sismos de septiembre de 2017, que dejaron miles de viviendas dañadas en varios estados del centro y sur del país. Después de esos sismos, el Fideicomiso Fuerza México reconstruyó 4,898 viviendas unifamiliares a cargo de desarrolladores privados.
Las familias afectadas podían usar las tarjetas de apoyo para comprar una casa a una constructora o fundación, pagar reparaciones o reconstruir por su cuenta con asistencia técnica. En la práctica, muchas terminaron con una vivienda básica de una planta, con dos habitaciones, sala, cocina y baño pequeños. Eran casas hechas con materiales económicos y bajo un modelo “llave en mano”, es decir, entregadas como un producto terminado.
Unión Hidalgo y Juchitán, en Oaxaca, estuvieron entre los municipios más golpeados por los sismos de 2017. Ahí, el modelo de reconstrucción levantó casas muy parecidas entre sí que, según el diagnóstico, se adaptaban poco al calor, la humedad, las lluvias fuertes, los vientos, los sismos y la forma de vida de las familias. Ese proceso también hizo que se comenzaran a perder las formas tradicionales de construir.
Hastings recuerda que en 2017 los apoyos estaban pensados para comprar materiales industrializados en tiendas de proveedores. La arquitecta explica que para poder construir con materiales naturales y locales, Cooperación Comunitaria tuvo que buscar otros caminos y completar los recursos con donaciones.
En lo que va del año, España acumula 29 grandes incendios que han consumido alrededor de 114,796 hectáreas forestales. De estos eventos, 17 ocurrieron durnate los primero 24 días de julio.
La arquitecta explica que el problema se ha vuelto más evidente en reconstrucciones recientes, ya que en algunos casos, las familias reciben el dinero de forma directa, sin asistencia técnica y con apoyos que terminan orientados al uso de materiales industrializados. “En lugares como Acapulco es muy adverso porque ahí el block y el techo de lámina es demasiado caliente”, dice.
En Cacahuatepec, esa falta de investigación también se notó en los apoyos de emergencia. Hastings recuerda que se entregaron estufas de gas en comunidades donde ese combustible es caro y las familias cocinan con leña. También llegaron refrigeradores a lugares donde la instalación eléctrica podía fallar si todos los conectaban al mismo tiempo. Para ella, esos apoyos mostraron la falta de diagnóstico.
El regreso de los materiales locales
Cuando Otis llegó a Cacahuatepec, todavía había casas de adobe con hasta 70 años de antigüedad. Algunas personas conocían esta técnica tradicional de construcción, pero casi nadie la usaba para levantar viviendas nuevas. Después del huracán, el adobe volvió a ser una opción, ahora con refuerzos pensados para resistir viento, lluvia, humedad y sismos.
En las nuevas viviendas, el adobe se combinó con cimentación de piedra, contrafuertes, cadenas para fijar la estructura de madera, columnas, aplanados de tierra y techos de teja. Eran elementos conocidos en la zona, pero usados con otros cuidados para resistir mejor. Hastings recuerda que cuando una familia entró por primera vez a una de las casas, alguien dijo “es mucho más fresca”. En una zona calurosa como Cacahuatepec, donde las temperaturas llegan hasta los 39 grados Celsius, este material reforzado ofreció mejores condiciones para habitar.
La reconstrucción de las cocinas fue una parte central del proyecto. En muchas casas rurales, ese espacio está separado del lugar donde se duerme o se convive. El diagnóstico mostró que era una de las zonas más dañadas por Otis, y la organización trabajó en reforzarlas e incorporar estufas ahorradoras de leña.
Además del adobe, la organización retomó el bajareque y probó con adobillo, una técnica de construcción mixta que une la madera y bloques pequeños de tierra cruda con paja. Hastings cuenta que algunas mujeres prefirieron trabajar con adobillos porque eran más pequeños y fáciles de cargar que los adobes convencionales. “Vamos adecuando el sistema de acuerdo a lo que quieren las comunidades”, explica.
Asamblea COIMDRA (Consejo de Ejidos y Comunidades Opuestas a la Presa La Parota - CECOP). Cacahuatepec, Acapulco, Guerrero.Cortesía de Cooperación Comunitaria
Levantar casas en comunidad
Antes de decidir qué construir, Cooperación Comunitaria pide espacio en las asambleas. La organización trabaja con mapas comunitarios, pregunta qué ocurrió en otros huracanes, recorre casas dañadas y revisa cómo se usan los espacios. Después, devuelve esa información a la gente para que pueda revisarla y decidir qué necesita reconstruirse primero.
En Cacahuatepec, ese trabajo empezó con recorridos casa por casa y sirvió para ubicar qué viviendas estaban en zonas de mayor riesgo, qué familias necesitaban una cocina, quiénes podían participar en la obra y qué materiales estaban disponibles cerca.
Esa forma de trabajar toma tiempo. Puede pasar alrededor de un año entre el diagnóstico, el diseño, la organización, la obra y las evaluaciones posteriores. La construcción suele durar entre tres y cuatro meses, pero antes hay que entender qué se dañó, por qué se dañó y cómo vive cada familia.
La participación continúa durante la obra. Las personas aprenden cómo funcionan los refuerzos, cómo dar mantenimiento a los materiales y cómo organizarse para levantar los espacios con apoyo mutuo.
En Cacahuatepec, ese trabajo tuvo que ajustarse más de una vez. Después de Otis, en 2023, llegaron John en 2024 y Erick en 2025. Cada huracán dejó daños distintos en casas, cocinas, cultivos, caminos y sistemas de agua, lo que obligó a revisar prioridades mientras la reconstrucción seguía en marcha.
Construir para poder quedarse
Para Hastings, una casa segura puede ayudar a que una familia permanezca en su comunidad. El riesgo cambia según el lugar donde está construida, ya que no es lo mismo vivir cerca del río que en una ladera, ni levantar una casa sobre suelo firme que hacerlo en una zona donde puede haber deslaves. Esa mirada llevó a la organización a trabajar más allá de la vivienda.
En la Montaña de Guerrero, la organización tuvo que reubicar casas dentro de la misma comunidad porque estaban en una zona de alto riesgo. El trabajo incluyó reforestación, recuperación de cultivos y estufas ahorradoras de leña para reducir el uso de madera del monte.
Milpa agroecológica. Cacahuatepec, Acapulco, Guerrero. La comunidad recupera el sistema milpa para conservar el suelo, las semillas criollas y producir alimentos con menos dependencia de insumos externos.Cortesía de Cooperación Comunitaria
Con el tiempo, ese enfoque también se volvió una forma de responder a emergencias más frecuentes. Hastings explica que la gestión integral del riesgo implica “hacer las estructuras más resistentes, no solo las constructivas, sino también productivas y ambientales” para que puedan resistir amenazas naturales y socionaturales.
Para Cooperación Comunitaria, construir una casa es solo una parte del proceso. La organización toma en cuenta el lugar donde está, las personas que van a habitarla y lo que necesitan para cuidarla con el tiempo. La idea es reducir la vulnerabilidad de las viviendas y fortalecer la resiliencia de la población. Reconstruir rápido no alcanza si después de la obra una familia sigue expuesta a los mismos riesgos ante fenómenos climáticos cada vez más frecuentes e intensos.