Umberto Eco (desclasificado): ¡Yo soy la Coca-Cola!

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Umberto Eco. Imagen cortesía de Italian Screenings.

Cuando Umberto Eco descubrió que su nombre, es decir, él mismo, era la respuesta a la definición «famoso escritor italiano contemporáneo de tres letras» en uno de sus crucigramas diarios, tardó unos segundos en asimilar aquel descubrimiento. Mi interés por Umberto Eco fue gracias a los crucigramas. No por El nombre de la rosa, no por Apocalípticos e integrados, no por ninguna de las vías canónicas que la gente suele invocar cuando quiere parecer culta en una cena. Decidí conocerlo en profundidad por la enigmística, esa disciplina menor que los italianos practican con la seriedad que otros reservan para la ópera o para discutir sobre el fuera de juego.

Durante una época en la que calmaba mi hiperactividad todo lo que tuviera que ver con juegos de palabras, acertijos lógicos y trampas del lenguaje, me topé con que aquel tipo que aparecía citado en los márgenes de los libros de enigmística que publicaba Octaedro no era un aficionado cualquiera. Era un semiólogo que dedicaba horas diarias a resolver crucigramas para, según sus propias palabras, «mantener vivo el cerebro». Un hombre capaz de escribir tratados sobre la interpretación del signo y, al mismo tiempo, perder el tiempo gloriosamente ante una cuadrícula llena de casillas vacías. Me cayó bien de inmediato. Cualquiera que defienda con igual vehemencia la teoría de los mundos posibles y el pasatiempo dominical del periódico merece al menos una oportunidad.

Lo que vino después fue el deslumbramiento previsible. Obra abierta, El péndulo de Foucault, Kant y el ornitorrinco. El ensayo y la novela como dos caras del mismo mecanismo obsesivo. Pero siempre quedaba, detrás de la erudición y de las torres de libros, la sospecha de que al verdadero Eco solo se accedía por puertas laterales. Que el Eco importante no era el de las solapas ni el de los obituarios, sino otro, más escurridizo, que se disfrazaba de fraile dominicano en las fiestas de Año Nuevo o bailaba claqué convencido de que en otra vida habría sido Fred Astaire. Ese Eco es el que aparece en Umberto Eco (desclasificado).

Mayte Aparisi ha conseguido algo que parecía improbable. Durante diez años, los discípulos, amigos y colaboradores de Umberto Eco mantuvieron un voto de silencio impuesto por el propio semiólogo en su testamento. Diez años sin homenajes, sin celebraciones, sin el circo hagiográfico que suele devorar a los muertos ilustres. Eco, que había escrito sobre la vanidad con la lucidez de quien la conoce desde dentro, quiso que su legado madurara en barbecho antes de que nadie lo manosease. La petición era coherente con un hombre que estudió los mecanismos de la fama como quien estudia el plegamiento de una proteína. Ese voto expiró el 19 de febrero de 2026 y este libro es una de sus primeras consecuencias.

Umberto Eco (desclasificado) no es una biografía al uso ni un estudio académico. Es una crónica íntima construida, principalmente, sobre la memoria de Lucrecia Escudero, la semióloga argentina que llegó a Bolonia huyendo de la dictadura de Videla con una carta de aceptación firmada por Eco y un miedo que le impedía dormir sin pesadillas. Aparisi recoge esa historia y la despliega con el pulso de una narradora que sabe cuándo acelerar y cuándo dejar que el silencio haga su trabajo.

La potencia del relato está en los detalles que ningún biógrafo convencional habría encontrado. Eco intuyendo el peligro en la carta de una estudiante desconocida y aceptándola en su seminario sin dudarlo. Eco comprando un convento en ruinas y justificándose ante su mujer con el argumento de que quería pasearse por él con un candelabro en la mano para «sentir la fuerza del poder». Eco llevando a sus alumnos a una pizzería que había bautizado como «la del envenenador» mientras rumiaba la trama de El nombre de la rosa. Eco invitando a cenar «a lo de Rosenberg» en el West Side de Manhattan, provocando que media docena de amigos elegantes se presentaran en un estudio minúsculo donde lo único que había era un pollo asado para cinco. Eco recitando a Dante con Roberto Benigni en las fiestas de Monte Cerignone y disfrazándose de fraile para entretener a los niños de sus amigos en un teatrito improvisado entre muros claustrales.

El libro tiene una escena que da título a este prólogo y que concentra al personaje con la precisión de un aforismo. Lucrecia está presentando el borrador de su tesis doctoral en la cafetería del hotel Palace de Bolonia. Eco la lee, se va poniendo nervioso, estalla. Le exige que desarrolle una teoría sobre la verdad. Ella intenta explicar que su tesis es sobre la cobertura mediática de la guerra de las Malvinas, no sobre epistemología. Eco la interrumpe a un volumen que alcanza la recepción del hotel. «¡Tienes que entender que yo soy la Coca-Cola! Tengo que producir y hacer producir un producto perfecto, sin errores». Lucrecia sale del encuentro derrotada. Patrizia Magli y Paolo Fabbri la esperan escondidos detrás de una columna. «Bienvenida al club», le dicen al unísono. El club de los que Eco gritaba porque los quería bien.

Esa frase absurda y grandilocuente es Eco en estado puro. La vanidad y la generosidad en la misma oración, el histrionismo al servicio de una exigencia que nunca fue caprichosa. Porque detrás de la Coca-Cola estaba un profesor que volvía de Nueva York cargado de libros para sus discípulos, que sabía exactamente en qué trabajaba cada uno y les traía las novedades que necesitaban. Un profesor que llevó a Lucrecia a Barnes & Noble para mostrarle una estantería casi vacía de semiótica italiana y que con ese gesto le reveló su proyecto vital sin pronunciar una sola palabra programática.

El final del libro es devastador y no voy a contarlo. Solo diré que ocurre el 1 de enero de 2016, en la última fiesta de Año Nuevo en Monte Cerignone, y que involucra una pregunta repetida, un perfil ofrecido a la cámara en lugar de una mirada frontal y un color cerúleo que solo se percibe cuando ya es demasiado tarde. Eco murió mes y medio después, escribiendo contra el reloj las memorias que le había encargado la Universidad de Chicago.

Cuando Mayte Aparisi me propuso publicar este libro en Jot Down Books, acepté sabiendo que tenía entre manos algo muy especial. No el enésimo tributo a un intelectual célebre, sino el retrato de un hombre que jugaba a la bocha en el jardín de su convento, que pedía siempre gin-tonic, que cantaba tangos de memoria, que gritaba a quienes más quería y que pidió diez años de silencio póstumo porque conocía demasiado bien los mecanismos de la vanidad.

Yo llegué a Eco por los crucigramas. Otros llegaron por la semiótica, por El péndulo de Foucault o por la maravillosa aventura gráfica La abadía del crimen. Ahora, los nuevos lectores o quienes estén interesados en su figura también pueden llegar por este libro que no pretende clausurarlo, sino devolverle su incómoda vitalidad. Un libro que no lo reduce a estatua, sino que lo deja otra vez en pie, moviéndose entre estudiantes, amigos, fantasmas, conventos, bibliotecas y fiestas de Año Nuevo, como si aún estuviera a punto de levantar la vista, sonreír con ironía y recordarnos que la cultura, cuando merece ese nombre, no sirve para decorar la vida, sino para volverla más intensa, más compleja y bastante más divertida.

Este texto es el prólogo al libro Umberto Eco (desclasificado), de Mayte Aparisi Cabrera. Umberto Eco (desclasificado) nos muestra al genial semiólogo italiano sin filtros. Este ensayo literario fresco y vibrante reconstruye cuarenta años de confidencias a través de la voz de algunas de sus principales discípulas, que comparten con el lector sus recuerdos de las conversaciones, las confesiones y las celebraciones vividas junto al autor de El nombre de la rosa.

A través de sus testimonios, la narración traslada al lector a distintos escenarios —Italia, Argentina, México o el mismísimo Studio 54 de la ciudad de Nueva York— donde aflora el Eco más íntimo: el amigo leal, el conversador brillante, el cómplice de largas sobremesas y fiestas memorables. Las historias y anécdotas recogidas en este retrato coral —muchas de ellas, inéditas— nos acercan a uno de los pensadores más relevantes del último siglo desde la familiaridad y la complicidad, permitiendo al lector conocer la faceta más humana de Umberto Eco.