Vacunarse protege tu cerebro contra la demencia, pero nadie sabe por qué

Cada vez más vacunas de rutina se relacionan con un menor riesgo de demencia. Entre ellas están las de la gripe estacional, el virus sincicial respiratorio (VSR), el tétanos, la difteria y la tos ferina, las infecciones neumocócicas, la hepatitis A y B y la fiebre tifoidea.
Una de las asociaciones más sólidas se ha observado con la vacuna contra el herpes zóster, y siguen apareciendo datos que refuerzan este vínculo. A medida que aumenta la evidencia, los científicos intentan entender un hallazgo inesperado: ¿cómo pueden las vacunas dirigidas contra patógenos específicos ayudar también a proteger el cerebro frente al deterioro cognitivo?
Una hipótesis emergente plantea que las vacunas podrían estar protegiendo nuestro cerebro al entrenar la parte del sistema inmunitario que durante mucho tiempo se consideró incapaz de ser entrenada. Si esta idea se confirma, podría generar una comprensión más profunda de aspectos fundamentales de nuestro sistema inmunitario, abriendo nuevas vías para el tratamiento y la prevención de la demencia. Además, podría añadir una nueva dimensión a los beneficios de las vacunas, que ya salvan millones de vidas en todo el mundo.
Inmunidad entrenada
Las vacunas presentan patógenos inactivados o fragmentos distintivos de los mismos a células inmunitarias especializadas, principalmente, linfocitos T y linfocitos B productores de anticuerpos, que luego aprenden a identificar esos microorganismos dañinos.
Así, si un patógeno ataca después de la vacunación, las células inmunitarias podrán reconocer rápidamente a los invasores y destruirlos. Este proceso activa las respuestas inmunitarias adaptativas, la parte del sistema inmunitario que puede entrenarse. Puede aprender a atacar amenazas específicas y recordarlas, lo que se conoce como memoria inmunológica.
Luego está la otra parte del sistema inmunitario: las respuestas inmunitarias innatas. Estas preceden a las respuestas adaptativas y actúan como defensas inespecíficas de primera línea contra gérmenes y lesiones. Las defensas innatas abarcan desde barreras físicas (piel, mucosas, ácido gástrico) hasta células inmunitarias que pueden capturar y destruir indiscriminadamente a los invasores, así como señales químicas que pueden desencadenar rápidamente una inflamación generalizada.
Durante décadas, la respuesta inmunitaria innata se consideró relativamente estática, sin capacidad de evolucionar ni perfeccionarse ante nuevas amenazas. Sin embargo, esto cambió en 2011 con la acuñación del término "inmunidad entrenada" para explicar los cambios documentados en las respuestas inmunitarias innatas tras exposiciones previas. La inmunidad entrenada se produce cuando las células implicadas en las respuestas innatas se activan y se preparan mediante señales inespecíficas asociadas a un germen. Estas células adquieren y mantienen cambios que les permiten responder con mayor rapidez e intensidad ante exposiciones posteriores, incluso frente a otros patógenos.
Concretamente, los cambios observados en la inmunidad entrenada son epigenéticos. Estos no alteran la secuencia de ADN subyacente de las células, sino que son modificaciones o marcadores químicos que modifican la actividad génica. En el caso de la inmunidad entrenada, los cambios pueden afectar a genes que codifican señales proinflamatorias, lo que hace que dichos genes se activen más cuando se vuelve a encontrar la misma señal del germen. En última instancia, esto daría lugar a una respuesta inflamatoria más intensa. Al igual que las respuestas adaptativas, estos cambios epigenéticos perduran, creando otro tipo de memoria inmunológica.
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Vacunas peculiares
El concepto de inmunidad entrenada se consolidó gracias a datos relacionados con la vacuna Bacillus Calmette-Guérin (BCG), diseñada para proteger contra la tuberculosis, causada por la bacteria Mycobacterium tuberculosis, pero que también se usa para tratar el cáncer de vejiga.
Sin embargo, en 2012, investigadores de los Países Bajos realizaron un experimento para investigar la inmunidad entrenada en ratones modificados genéticamente para carecer de respuestas inmunitarias adaptativas; no tenían células T ni células B. Los investigadores vacunaron a los animales debilitados con BCG, buscando cambios en las respuestas innatas, las únicas respuestas que tenían los ratones.
Los investigadores descubrieron que la inyección no solo reforzó las respuestas protectoras innatas de los roedores contra Mycobacterium tuberculosis, sino que también potenció las respuestas contra un patógeno de levadura no relacionado, Candida albicans. Estudios posteriores sugirieron que en humanos se produce una inmunidad entrenada similar.
En el mismo estudio, los investigadores analizaron muestras de sangre de participantes sanos en un ensayo clínico antes y después de recibir la vacuna BCG. Tras la vacunación, observaron que las células inmunitarias producían una respuesta innata más intensa, medida por la liberación de señales proinflamatorias, frente a Mycobacterium tuberculosis. También respondían con mayor intensidad a Candida albicans y a la bacteria Staphylococcus aureus, lo que apunta a una forma de inmunidad entrenada inespecífica. El estudio se publicó en PNAS.
Desde entonces, los investigadores han acumulado evidencia para respaldar y comprender la inmunidad entrenada. Sin embargo, en los últimos años, esta idea ha chocado con una serie constante de estudios poblacionales a gran escala que han demostrado que las vacunas parecen proteger contra la demencia. Si bien la mayoría de los estudios más importantes que han acaparado titulares se han centrado en vacunas de rutina, como la del herpes zóster y la de la gripe, un estudio de 2023 halló que la vacuna BCG también se asocia con un riesgo significativamente menor de demencia.
En marzo, investigadores de vacunas en Bélgica y Sudáfrica, liderados por Justin Devine, recopilaron los hallazgos, incluyendo todo el trabajo sobre la vacuna BCG, y publicaron una hipótesis : Quizás la inmunidad adquirida mediante las vacunas sea la responsable del menor riesgo de demencia.
Durante un tiempo, una de las principales hipótesis fue que las vacunas reducían el riesgo de demencia al prevenir infecciones capaces de desencadenar inflamación en el cerebro y, con los años, favorecer el deterioro cognitivo. Esta explicación resulta especialmente plausible en el caso de la vacuna contra el herpes zóster. El virus varicela-zóster causa primero la varicela y después permanece latente en las células nerviosas. Puede reactivarse cuando las defensas del organismo disminuyen, algo que ocurre con mayor frecuencia a medida que envejecemos.
La vacuna contra el herpes zóster ayuda a evitar esa reactivación y, con ello, podría reducir procesos inflamatorios que contribuyan al deterioro cognitivo. Además, algunos estudios han relacionado la aparición de herpes zóster con un mayor riesgo de demencia.
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Un posible mecanismo
Pero no todas las vacunas asociadas con un menor riesgo de demencia permiten entender con claridad qué mecanismo podría estar detrás de ese efecto. Es el caso de la vacuna contra la gripe estacional. Un amplio estudio retrospectivo publicado el mes pasado aportó nuevas evidencias sobre esta asociación y, además, observó que las dosis altas administradas a personas mayores se relacionaban con una reducción del riesgo superior a la registrada con las dosis estándar.
En otras palabras, parece existir una respuesta dosis-dependiente: a mayor dosis de la vacuna antigripal, menor riesgo de demencia. Los autores no especulan sobre cómo la vacuna estacional podría afectar la salud cognitiva, pero solicitan más investigación sobre los posibles mecanismos, incluida la inmunidad entrenada.
En el artículo publicado en la revista Frontiers in Immunology, Devine y sus colegas plantean la hipótesis de que la inmunidad entrenada mediante las vacunas podría ser la responsable: "Un elemento central de este modelo inmunológico es que los niveles descontrolados o excesivos de neuroinflamación, asociados a un mayor riesgo de demencia, pueden contrarrestarse mediante la reprogramación epigenética de las células inmunitarias innatas".
Por ejemplo, los cambios inespecíficos que las vacunas inducen en la respuesta inmunitaria innata podrían ayudar a mantener bajo control tanto a los patógenos contra los que están dirigidas como a otros agentes infecciosos, reduciendo así el riesgo de que se desencadene inflamación en el cerebro, señalan los investigadores.
Por ahora, se trata solo de una hipótesis que requiere mucha más investigación para confirmarse. Aun así, las posibles implicaciones son importantes. "Esclarecer los mecanismos subyacentes a estas prometedoras observaciones podría abrir nuevas vías para promover un envejecimiento saludable mediante la vacunación y ser crucial para aliviar la carga mundial de la demencia", escriben.
Artículo originalmente publicado en Ars Technica.com Adaptado por Alondra Flores.