¿Y si las pantallas en realidad mejoran la salud mental juvenil? La polémica propuesta de un psicólogo evolutivo

En diciembre de 2025 Australia marcó un precedente al exigir a varias de las principales redes sociales que tomaran medidas para impedir que menores de 16 años generen o mantengan cuentas. A partir de septiembre de 2026, Francia extendió la prohibición del uso de celulares durante la jornada educativa a todos los niveles, desde preescolar hasta bachillerato. Ambas medidas forman parte de una de las respuestas cada vez más comunes frente a los riesgos que se atribuyen al uso de las tecnologías durante esta etapa de la vida.
El psicólogo evolutivo estadounidense Peter Gray considera que algunas restricciones pueden ser útiles en momentos concretos, pero sostiene que limitar smartphones o redes sociales no resolverá la crisis de salud mental juvenil. El especialista, que lleva décadas estudiando el juego, el aprendizaje y la autonomía infantil, cuestiona que estas tecnologías sean la causa principal del deterioro. Una de sus razones está en la cronología: los problemas que hoy se relacionan con el mundo digital se han manifestado mucho antes de que este existieran las redes sociales.
Gray señala que en Estados Unidos distintos indicadores de ansiedad, depresión y suicidio entre adolescentes aumentaron de manera importante entre 1950 y 1990, cuando todavía no había acceso público generalizado a internet y faltaban años para la aparición de las redes sociales y los smartphones. Para el psicólogo, esa cronología debilita la idea de que las pantallas sean el origen de la crisis, aunque puedan influir en varios de los problemas actuales.
Gobiernos, familias y plataformas buscan limitar la participación de menores en las redes sociales; mientras tanto, la ciencia todavía intenta explicar qué efectos tienen estos sitios en la salud mental de los usuarios más jóvenes.
Una infancia con menos libertad
Gray comenzó a desarrollar esta idea mucho antes de que la tecnología digital ocupara el centro de la discusión. En su libro Free to Learn, publicado en 2013, describió una reducción progresiva de las oportunidades para que niñas y niños jugaran, exploraran y organizaran actividades por su cuenta. Esa pérdida ocurrió al mismo tiempo que personas adultas fueron teniendo mayor control sobre la forma en que los menores usan su tiempo.
Una parte del cambio ocurrió alrededor de la escuela. Gray señala que las jornadas educativas se hicieron más largas, aumentaron las tareas y se redujeron algunos espacios de juego libre. Fuera del aula, los deportes organizados, los cursos extracurriculares y otras actividades dirigidas también comenzaron a ocupar horas que antes podían quedar abiertas para que los propios niños decidieran qué hacer.
La preocupación por la seguridad limitó otro tipo de experiencias. Salir a jugar sin supervisión, caminar hasta la casa de amigos o pasar varias horas lejos de la mirada de los padres se volvió menos común, una transformación que Gray relaciona con el miedo a la delincuencia, los accidentes y otros peligros. En Free to Learn plantea además que recuperar parte de esa independencia requiere comunidades donde las familias perciban que niñas y niños pueden moverse con suficiente seguridad.
Lo que le preocupa de estos cambios va más allá de tener menos tiempo libre. Gray considera que, cuando gran parte de la vida infantil está organizada o supervisada por adultos, también disminuyen las oportunidades para actuar por su cuenta. Esa idea aparece de forma recurrente en su trabajo sobre autonomía e independencia infantil.
En este punto aparece otro concepto central para entender su hipótesis, el “locus de control”, que se refiere a cuánto siente una persona que puede influir sobre aquello que ocurre en su vida. Gray recupera investigaciones que muestran que, durante varias décadas del siglo XX, jóvenes estadounidenses avanzaron hacia un locus más externo y que la sensación de impotencia se relaciona con una mayor vulnerabilidad a la ansiedad y la depresión.
Su interpretación es que la autonomía necesita practicarse. Si un niño tiene pocas oportunidades para decidir y enfrentarse a las consecuencias de sus decisiones, también dispone de menos experiencias para comprobar que puede resolver problemas, tolerar frustraciones o modificar una situación mediante sus propias acciones.
Gray reconoce que la coincidencia entre el aumento de la ansiedad y la depresión y la disminución de las oportunidades de juego e independencia no basta por sí sola para demostrar una relación causal. Sin embargo, considera que existe evidencia suficiente para plantear que la pérdida de control sobre la propia vida puede contribuir al deterioro de la salud mental juvenil.
La discusión internacional sobre regular y restringir las aldeas digitales a infancias y adolescencias tiene pormenores ideológicos que necesitamos analizar.
La tecnología llegó después
La cronología explica por qué Gray cuestiona una idea frecuente sobre las pantallas. Cuando las computadoras personales y los videojuegos comenzaron a extenderse, muchas de las libertades ya se habían reducido, por lo que plantea la posibilidad de que parte del tiempo digital haya crecido en respuesta a una vida cotidiana con menos espacios para actuar sin supervisión.
En Free to Learn recupera una encuesta en la que niñas y niños consultados preferían, en su mayoría, jugar afuera antes que ver televisión o utilizar una computadora. A partir de esos resultados sugiere que algunos podían recurrir al juego digital, entre otras razones, porque la computadora era uno de los espacios donde todavía podían jugar libremente, mientras que hacerlo afuera era más difícil si ellos o sus amigos no tenían permiso para salir solos.
Los videojuegos ocupan un lugar particular en su lectura. Gray describe algunos juegos en línea como espacios donde los participantes podían colaborar, organizar grupos, resolver problemas y desarrollar habilidades. Internet amplió después esas posibilidades al facilitar que los jóvenes hablaran directamente con sus amistades, encontraran comunidades relacionadas con sus intereses y aprendieran a usar herramientas que muchas veces conocían mejor que sus propios padres.
A partir de esa lectura plantea una hipótesis más controversial si se toman en cuenta las tendencias actuales. Gray considera posible que la expansión de las computadoras, los videojuegos e internet haya contribuido, al menos en parte, a mejorar la salud mental juvenil, al devolver a niñas, niños y adolescentes espacios donde podían actuar con mayor autonomía, desarrollar habilidades y relacionarse con otros jóvenes.
Como parte de su argumento, señala que algunos indicadores de salud mental en Estados Unidos mejoraron entre aproximadamente 1990 y 2010, después de décadas de deterioro, mientras la tasa de suicidio adolescente cayó alrededor de 40%. Gray reconoce que no se sabe con certeza qué produjo esa mejoría, por lo que presenta el posible papel de la tecnología como una hipótesis. En su libro Restoring Childhood, próximo a publicarse, desarrolla con mayor profundidad esta idea.
Aquí aparece su principal diferencia con Jonathan Haidt, autor de La generación ansiosa (2024), un libro que ha tenido una fuerte influencia en el debate público sobre infancia y tecnología, y cuyas propuestas han llegado también al terreno de las políticas públicas. El movimiento creado a partir del libro impulsó medidas como escuelas sin teléfonos y mayores restricciones al acceso de menores a redes sociales. Ambos expertos coinciden en que niñas, niños y adolescentes han perdido independencia y juego libre, pero interpretan de manera distinta el papel de la tecnología.
¿Por qué no cree que prohibir sea la solución?
La crítica de Gray a las prohibiciones también parte de cómo han respondido históricamente los adultos a los medios que atraen a los jóvenes. En uno de sus ensayos publicados en línea, repasa las alarmas que en distintos momentos generaron las novelas populares, el cine, los cómics, la televisión y los videojuegos antes de que smartphones y redes sociales ocuparan el centro de esa preocupación.
Gray usa el término “pánico moral” para describir ese patrón, aunque su comparación no implica que todas las tecnologías tengan los mismos riesgos. Lo que identifica como común es una reacción en la que los posibles daños empiezan a dominar la conversación hasta que se presta poca atención a los beneficios de una actividad, a las diferencias entre formas de uso o a las razones por las que los propios jóvenes encuentran valor en ella.
Peter Gray posa para un retrato en su casa. Gray es profesor investigador en el Departamento de Psicología y Neurociencia de Boston College.
Boston Globe/Getty Images
En el caso de los celulares, además, le preocupa que la solución vuelva a consistir en reducir la capacidad de decisión. En su crítica a La generación ansiosa, escribió que existe una reacción casi automática a pensar que cualquier problema de los niños puede resolverse quitándoles “una libertad más” y defendió que los peligros del mundo digital deberían enfrentarse también mediante reglas de seguridad y aprendizaje.
La preocupación por los peligros que podían encontrar los niños fuera de casa aportó, según él, a extender la idea de que necesitaban un adulto cerca prácticamente en todo momento, reduciendo así su libertad para explorar el mundo físico. Ahora encuentra una reacción similar frente a internet.
La postura de Gray también cuestiona qué esperamos que ocurra después de retirar una pantalla. Desde su perspectiva, quitar los teléfonos no hará que las personas jóvenes vuelvan por sí solas a recorrer sus barrios o jugar en la calle como lo hicieron sus abuelos. Algunas de las pocas libertades que todavía conservan, argumenta, pasan precisamente por comunicarse de manera privada con sus amistades o desplazarse con cierta independencia mientras pueden mantenerse en contacto con sus familias.
Recuperar otras experiencias requeriría revisar cuánto tiempo libre tienen los jóvenes, qué actividades pueden organizar por su cuenta, dónde pueden encontrarse con otros y hasta qué punto los adultos están dispuestos a permitirles enfrentar dificultades sin intervenir inmediatamente.
Libertad con reglas
La oposición de Gray a las prohibiciones generales no implica que considere conveniente usar el teléfono en cualquier momento y deja claro que debería haber restricciones relacionadas con problemas o situaciones concretas. En un listado que desarrolló incluye momentos como la noche, las comidas, las conversaciones cara a cara, los campamentos al aire libre y las clases en las que funciona solo como una distracción.
El sueño es uno de los ejemplos más claros. Gray recomienda que tanto niños como adultos dejen los smartphones fuera del dormitorio, ya que las notificaciones y el impulso de revisarlos pueden mantenerlos despiertos. Durante las comidas o una conversación presencial propone una regla similar, que en este caso debería aplicarse a toda la familia.
También comparte la idea que los teléfonos permanezcan guardados en una clase cuando no forman parte de la actividad educativa y desvían la atención; sin embargo, también considera que actualmente las escuelas están desaprovechando las posibilidades de una herramienta que permite buscar información y explorar preguntas de forma inmediata, por lo que cuestiona las restricciones que parten de tratar al dispositivo como algo sin valor dentro del aprendizaje.
También reconoce que internet tiene riesgos y considera que niñas, niños y adolescentes deben aprender a manejarlos conforme desarrollan mayor autonomía. Gray tampoco exime de responsabilidad a las empresas. En otro de sus ensayos afirmó que las compañías de redes sociales necesitan regulación, pero rechaza que sean una causa principal del deterioro reciente de la salud mental juvenil.
Una hipótesis que también tiene límites
El argumento de Gray tampoco resuelve una discusión científica que sigue abierta. En su crítica de La generación ansiosa, por ejemplo, cuestiona algunos estudios utilizados para sostener que reducir las redes sociales mejora la salud mental y señala problemas como el llamado “efecto de demanda”, que aparece cuando quienes participan pueden inferir qué resultado esperan encontrar. También recuerda que las revisiones sobre tiempo de uso y malestar psicológico han producido resultados mixtos.
Sus propias explicaciones han sido cuestionadas. Gray ha dado un peso importante a la presión escolar para explicar el nuevo aumento de problemas de salud mental observado en Estados Unidos a partir de 2011 y ha relacionado ese cambio con reformas educativas.
Sin embargo, dos encuestas que utilizó para mostrar un fuerte aumento del estrés escolar entre 2009 y 2013 aplicaron metodologías distintas y no podían compararse de forma directa. Tras conocer el problema, Gray pidió a su editorial corregir o retirar esa referencia de las versiones digital y en audio de su nuevo libro.
Otros especialistas consideran útil incorporar factores como la escuela, pero cuestionan que los cambios en la salud mental juvenil puedan explicarse a partir de una sola gran causa. Desde esa perspectiva, las restricciones tecnológicas pueden ser útiles frente a problemas concretos, como la distracción en clase o las alteraciones del sueño, aunque tienen un alcance limitado frente a un fenómeno más amplio.
Ahí está el centro de la postura de Gray. El deterioro de la salud mental juvenil, sostiene, comenzó mucho antes de la popularización de Facebook, TikTok e Instagram, en un periodo en el que también fueron desapareciendo experiencias cotidianas de independencia. Para él, recuperar esa autonomía requiere cambios más amplios en la forma en que niñas, niños y adolescentes viven, juegan y aprenden.