Yo tengo un tÃo en Cannes que ha trucado el Aplausómetro

Aplausos en el Festival de Cannes. Foto: Kevin Payravi (CC)
Que la edad te da sabidurÃa es, probablemente, una trola similar a la de que los Reyes Magos son los padres. No sé si has llegado al punto de la edad para que te revelen esta segunda epifanÃa; si no es asÃ, disculpa por pincharte el globo y tu proyección de ilusión nihilista. DecÃa que la acumulación de tiempo vivo no te hace atragantarte con la fuente del conocimiento, ni muchÃsimo menos. Lo único que te da es jurisprudencia y herramientas para usarla —y manipularla—. En el caso del cine todavÃa más, por acumulativa, tropecientas mil pelÃculas en cada festival de turno, que no están solo en la roja punta del iceberg, ni en ciertas miradas, sino en el submundo de los Marché du Film, plaza de abastos del negro acetato. Si, además, eres tan masoquista como para jactarte de haber seguido las crónicas, reportajes, crÃticas y entrevistas de los vocingleros festivaleros patrios en el recién clausurado Cannes, habrás comprobado que, si te dejas guiar por ellos, acabarás chocando el casco de tu chalupa contra el decorado, como le pasó al pobre Truman Burbank. Y vuelta a empezar con la misma carraca.
El último Festival de Cannes del siglo XX fue el paradigma de esta hoja de ruta cateta. Nadie habÃa —o eso trasladaban desde la Croisette— que pusiera en duda que la Palma de Oro iba a recaer en Todo sobre mi madre, de Pedro Almodóvar. De hecho, sirvió para inaugurar el mito de El Deseo como maquinaria propagandÃstica que se ha mantenido incólume hasta ahora, agitprop del séptimo arte. Hasta a mÃ, que considero esta obra como el final del gran transgresor y el inicio del «otro» —dejémoslo ah× Pedro, con la única excepción de Volver y algún acto de Dolor y gloria, me molestó que se fuera de vacÃo. Bueno, ganó el premio al mejor director, igual que Ambrossi y Calvo este año, pero, a juzgar por su careto y el de toda su troupe, pareció que Gilles Jacob, el jefe de todo esto por entonces, les habÃa hecho barrer el Grand Théâtre Lumière. La gota malaya que dieron los medios españoles, encabezados por El PaÃs, es de las que todavÃa hacen sangrar los ojos. Y eso que aún no existÃa Kinótico ni sus barricadas. El caso es que, desde aquel año seminal para la propaganda, hay quienes circulan por la izquierda real y metafórica, comprando la suspensión de incredulidad y vendiendo por treinta monedas el principio de realidad, mientras la lógica de un festival internacional va por el carril central. La jurisprudencia no engaña, y año tras año vuelve a pasar lo mismo, eterno retorno del cine.
Pero, de un tiempo a esta parte, el departamento de marketing ha añadido al espectáculo una divertidÃsima mascota oficial: el Aplausómetro.
Como aquel invento que proyectaba un mundo ficcionado en La invención de Morel, de Bioy Casares, en este caso la máquina inasible se llama el Aplausómetro, no confundir con El Semáforo, aquel concurso de televisión con parecido mecanismo. Este es mucho más divertido: consiste en disfrazar a cientos de buenistas con tuxedo y hacerlos aplaudir hasta perforar los tÃmpanos. Excelente metáfora de los tiempos lÃquidos en los que vivimos y en los que, al igual que en el patafÃsico show de Chicho Ibáñez Serrador, se medÃa el éxito por el ruido, cambiando únicamente a Cañita Brava por Rodrigo Sorogoyen. La cosa no pasarÃa de fantástico divertimento en el interludio, que baja a tierra cualquier predicción fatua, si no fuera porque los medios antes referidos, y otros muchos más, le dan un pábulo que traspasa la vergüenza ajena.
Parafraseando aquella mÃtica obra teatral de Els Joglars, Yo tengo un tÃo en América, yo tengo un tÃo en Cannes que me ha estado informando con puntualidad y pulcritud germánica sobre la verdadera realidad del festival, que no es una anáfora, a diez mil kilómetros de ese invento del demonio del cringe, que por sà solo se ha cargado décadas de historia, teorÃa y análisis cinematográfico, incluida la cátedra de cine de la Universidad de Valladolid, y ha borrado de un plumazo a los Pauline Kael, André Bazin, Roger Ebert, hasta a Oti, que le gustan todas. Resulta que ahora, en función de la duración del Aplausómetro, se determina cuáles de las alhajas que Thierry Frémaux se ha comprado para su expositor son las que más o menos posibilidades tienen de llevarse la palma. A tocar las Ãdem, dicen por ahÃ. Si son más de veinte, que ya son minutos, en el caso de La bola negra, pues la cosa no va mal. Si bajas de diez, como los ocho de Amarga Navidad, Autofiction para los franceses, mejor ve a por un croissant al Hôtel Martinez. Luego, claro, te lo crees, ya sabes, que si «los Reyes son los padres». Asà las cosas, el mejor titular de Cannes lo ha dado el academicista El Mundo Today: «Un avión lleno de crÃticos de cine aterriza en Cannes y el piloto recibe dos horas de aplausos».
Y luego está el localismo, ese fatal localismo que arroja predicciones que son cabras en un campanario, de fase previa del Mundial. Hombre, yo entiendo que en el fútbol se dé esa interacción entre el aficionado y el club de sus pasiones, aunque la mayorÃa pertenezcan a fondos de inversión. Pero en el cine, que se supone que es una de las bellas artes, la séptima en concreto, que el aldeanismo se instale en la crÃtica y en los cronistas, es más sonrojante que el Aplausómetro. Cualquiera que sea tan friki como yo, de consultar cada dÃa los medios propios, europeos, latinoamericanos y estadounidenses, verá el enorme abismo que hay entre unos y otros en la agenda del festival. Es verdad que este año ha sido un éxito enorme —más para Movistar Plus que para la industria patria— que hayan llegado tres pelÃculas españolas a competir en la Sección Oficial. Olé, olé y olé, sin tan siquiera entrar en ditirambos opinativos sobre la calidad o no de las propuestas. Pero hombre, si te centras en la crÃtica ibérica, parecÃa una certeza descartiana primero, que la fuera a ganar, por orden de aparición, El ser querido; después, aunque menos porque todo el mundo ha visto las costuras de Amarga Navidad, su ansiada palmadita en la espalda a Pedro, y, por último en el espinazo y con la alfombra pelada como la hierba de Wimbledon, La bola negra de los Javis, reventando la maquinita infernal: al igual que el premio Nobel de la FIFA para Trump, la Palma de Oro estaba ya otorgada y solo faltaba ver el outfit de los muchachos al subir a recogerla.
Esto puede pasar en los mundos que los cineastas inventan, pero en la recientÃsima historia no ha ocurrido nada de esto. Una vez que se cae el trampantojo rojigualdo, pues gana la favorita real, Fjord, otra vez Cristian Mungiu, que entró como un elefante en el ecuador del festival.
¿Cómo se dice el Aplausómetro en rumano?